La antinomia de Guardiola

El nacionalismo identitario, como se ha visto, no se cura ni viajando, ni entrenando equipos multirraciales

JUAN CARLOS VILORIA@J_CVILORIA

Pep Guardiola se ha convertido junto a Puigdemont en la voz del independentismo catalán en el exterior. El entrenador del Manchester City está ofreciendo una faceta de su personalidad desconcertante porque no encaja con su imagen de hombre cerebral y táctico. Ya apuntó maneras cuando aceptó ir en una lista electoral del PDeCAT o cuando participó en mítines a favor del 1-O. Pero su ofuscamiento en la defensa de una causa ilegal, disparatada y que amenaza con destruir la propia identidad catalana que dice defender, es una decisión estratégica que entra en colisión con su propia trayectoria personal y profesional.

La antinomia de Guardiola -del griego: anti (contra) y nomos (ley)- ofrece signos de una personalidad excéntrica que encierra contradicciones irresolubles. La última expresión de su paradójica visión del mundo ha sido su reacción a una pregunta que le planteaba la incoherencia de denunciar a España como un estado autoritario mientras se encuentra tan cómodo jugando, entrenando y cobrando para Qatar, una de las monarquías absolutas del Golfo. Alguien le hizo a Guardiola la pregunta: «¿Cómo es posible que usted, que es un luchador por las libertades, sea embajador del Mundial de fútbol de Qatar?». La respuesta fue: «Cada uno decide cómo quiere vivir». Entonces, ¿qué valor le da el entrenador del City a la democracia?

Su frase de cabecera durante el desafío del soberanismo a la Constitución era: «Esto no va de independencia, va de democracia». Quizás la «democracia» a la que se refiere Pep es la Qatar. Para el chico de Sampedor la democracia es que cada uno decide cómo quiere vivir, aunque las mujeres no tengan derechos, no haya libertad de expresión, ni partidos políticos, ni se respeten las reglas de juego comunes. Eso, para alguien cuya profesión se desarrolla en una competición, como el fútbol, estrictamente reglamentada, sería como meter un gol con la mano, «porque cada uno decide cómo quiere jugar».

En alguien que ha jugado en el Barça, en la selección española, entrenado los mejores clubes del mundo, millonario, protegido en su microcosmos catalán, ir de víctima de la mano con los presos y los supremacistas de la Cataluña pujolista es como de broma. Dar conferencias de prensa con el lazo amarillo como si fuera víctima de un progrom o persecución como muchos lo fueron años atrás por su religión o raza es una falta de respeto a la historia. El Guardiola cerebral ha dejado paso al pasional y el táctico al impulsivo. Eso solo lo puede lograr el virus del nacionalismo identitario que, como se ha visto, no se cura ni viajando, ni leyendo. Nacionalismo del siglo XIX trasplantado al siglo XXI. Los intransigentes enemigos de la modernidad y de la Ilustración alimentaron los carlismos decimonónicos. Apuntarse a esa causa en 2018 viviendo el mundo global desde la City es una antinomia enfermiza que solo puede llevar a la melancolía.

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