Ante la ilegalidad, política y justicia

Ante la ilegalidad,
política y justicia

El Govern ha actuado de forma autoritaria y reaccionaria, pero la decisión de la jueza Lamela roba espacio a la política y da aire al independentismo

La división del poder político, judicial y legislativo es, o debería ser, un elemento imprescindible en el funcionamiento democrático de un país. Por ello no voy a recurrir al argumento fácil de que el encarcelamiento de Junqueras y los consellers emana directamente de una orden de La Moncloa, interesado Mariano Rajoy y el gobierno en el «cuanto peor, mejor» para derrotar al movimiento nacionalista secesionista. Pero esa división de poderes no excluye, sino que presupone, que hay, o debe haber, una relación dinámica y dialéctica entre los tres poderes, sin dejar de mantener su separación y funcionamiento regular según las leyes y normas legales.

Yendo al grano, la decisión del fiscal Maza es un golpe de maza a todo un proceso que se estaba decantando rápidamente hacia la progresiva, y seguramente lenta, solución a los aspectos más enconados y peligrosos del problema creado por los secesionistas catalanes. Y la decisión última de la jueza Lamela es lo ajustada a derecho que se quiera, sólida y argumentada jurídicamente, pero desproporcionada políticamente si tenemos en cuenta el desarrollo del proceso a partir de la aplicación del 155.

Ante la sarta de ilegalidades, acciones de autoritarismo reaccionario e irregularidades del Govern de la Generalitat, responder jurídicamente de manera desproporcionada, o que va a considerarse desproporcionada para mucha gente, es la mejor contribución que puede hacerse al reencuentro de los secesionistas, muy tocados políticamente por el desenlace del proceso después de la puesta en marcha del 155, por la esperpéntica tocata y fuga de Puigdemont y, no menor, por el relajamiento anímico de mucha gente después de las tensiones vividas.

La contundencia de la decisión judicial roba espacio a la política. Y es la mejor contribución que puede hacerse a la activación de una cierta agitación social en las calles y la peor aportación a las elecciones del 21 de diciembre para reducir ostensiblemente el peso electoral de los independentistas. En fin, así están las cosas y con ellas debemos apechugar, aunque a veces resulte agotador y te entren ganas de decir «salga el sol por Portugal».

Como el motivo del artículo solicitado era otro, paso a desarrollar algo del mismo, teniendo en cuenta que esta decisión judicial deja atrás algunos elementos. Dije en mi intervención en el acto del pasado domingo 29 «Soc un botifler», un traidor, para desenmascarar todo un tinglado de mentiras, falsedades, amenazas e insultos contra los que los energúmenos secesionistas tachan de «españolistas», «fascistas», «franquistas». Y llamé a recuperar el «seny», el sentido común, la sensatez, la convivencia, el debate político, y no producir más pena, angustia, inseguridad y enfrentamientos en la sociedad, sin que nadie tenga que abdicar de sus ideas cuando estas son respetuosas con las de los otros y defendidas con métodos democráticos y no con acciones anti democráticas, autoritarias y fascistizantes.

Yo he tenido importantes responsabilidades en partidos que han sido protagonistas de la historia política en Catalunya y en toda España y me siento corresponsable de algunas ideas erróneas que han contribuido a que los secesionistas se sintieran más arropados de lo que realmente deberían estar. Una de estas ideas el mantenimiento del «derecho de autodeterminación», convertido en el demagógico «dret a decidir» para que sonara como algo democráticamente suave y fácil de asimilar y digerir aquí y allá. Pero uno debe ser capaz de corregir cuando hay motivos para ello y el derecho de autodeterminación no tiene sentido ni cabida en la realidad española. En España no hay colonias, la carcajada puede oírse desde Pekín si se dice que Catalunya o Euzkadi son colonias, ni tampoco «pueblos o colectivos» oprimidos en su personalidad colectiva, lengua, cultura y derechos democráticos. En España, y en concreto en Catalunya, hay uno de los niveles más altos de Europa en autonomía política y en competencias de todo tipo.

Para terminar, la izquierda, teórica o real, esto lo determina lo que hace, no lo que dice, está en una disyuntiva moral, intelectual y política: ejercer de izquierda en todo y en todas partes, también en Catalunya, o seguir olfateando el rastro de los independentistas, eso si con altisonantes retóricas equidistantes de los secesionistas, que la realidad desmiente, y furibundas diatribas contra el fascismo de Rajoy, el gobierno y el PP. Arremeter contra el PP lo justifica todo, venga o no a cuento.

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