La amenaza de Corea del Norte

La explosión nuclear es una provocación muy seria del régimen de Kim Jong-un

Sólo una semana después de proceder al provocativo lanzamiento de un cohete de largo alcance que sobrevoló deliberadamente territorio japonés, el régimen comunista de Corea del Norte ha redondeado su desvergonzada operación de desdén por la creciente y justificada preocupación internacional procediendo el domingo a una explosión nuclear de gran envergadura, con toda probabilidad una bomba de hidrógeno. Es una provocación de muy alto nivel, una exhibición desenvuelta que entiende trasladar abiertamente un mensaje político a su viejo adversario norteamericano, pero también, y muy concretamente, a China, Rusia y, claro está, Corea del Sur. Los esfuerzos de Washington, particularmente bajo las dos presidencias de Bill Clinton, parecían haber alcanzado ciertos resultados mediante la negociación, que incluía aportar una fuerte asistencia económica a un gobierno que hacía frente a problemas de abastecimiento difíciles de digerir y gestionar. Pasado el apuro, el programa atómico volvió a la agenda política, militar y propagandística de la dictadura comunista y familiar que rige el país desde el fin de la guerra que en 1956 confirmó la división entre Norte y Sur. Lo de ayer es particularmente grave y agresivo porque una bomba H podría equipar un misil balístico intercontinental según una retórica oficial que ahorra comentarios. El nuevo ensayo atómico -el sexto- es paralelo al auge de la industria balística, que no deja de aumentar el número y el alcance de la fuerza de misiles que el país está constituyendo y de la que también hace con cierta frecuencia exhibiciones extemporáneas. El proceso es tan anómalo que ni siquiera es posible ya atribuir el colosal esfuerzo en curso al deseo de fortalecer al país con vistas a una negociación con la comunidad internacional y singularmente con sus vecinos Corea del Sur y Japón. Washington ha reiterado estos días su compromiso con la seguridad de estos relevantes aliados regionales en el cuadro político-diplomático nacido con el fin de la guerra intercoreana en 1953. Sobra decir que las cosas serían del todo diferentes si el régimen norcoreano fuera medianamente democrático en vez de una inescrutable dictadura familiar de retórica marxista. Y se puede dar por seguro que tampoco la unánime condena internacional de su conducta servirá esta vez para algo.

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