AMBICIÓN E INERCIA

PÍO GARCÍA

Cuando el Gobierno de La Rioja inició la carrera de obstáculos para que San Millán de la Cogolla se convirtiese en Patrimonio de la Humanidad, aquello parecía una cosa de locos, una ambición lunática, exagerada. Fue -justo es reconocerlo- una tarea que asumió con un entusiasmo de primerizo el Ejecutivo de Pedro Sanz, que acababa de acceder al Palacete. Resultó tal vez el mayor acierto de todas sus legislaturas, gracias a la infatigable labor de su consejero Luis Alegre, de este periódico, que recabó cientos de apoyos del mundo hispánico, y de toda la sociedad riojana, unida en pos de una meta que parecía exceder de las posibilidades de una región de escaso tamaño, menguada población y proverbial indiferencia por casi todo.

En un arrebato de chulería, la empresa emilianense fue coronada por el éxito hace hoy veinte años, en Nápoles. Al calor de la designación, se acometieron obras de reforma en los monasterios, se consolidó Suso, que amenazaba ruina, y comenzaron a llegar en tropel los visitantes de Madrid o de Barcelona, para quienes San Millán empezó a ser un sitio al que había que ir alguna vez en la vida.

Sin embargo, veinte años después, parece como si de aquella ambición febril ya no quedara sino una vaga inercia, un caminar sonámbulo mientras contemplamos impávidos cómo otras regiones juegan mejor sus escasas bazas. Quizá sea hora de recuperar aquel ardiente impulso inicial y de fijarse otro objetivo desmesurado: acaso el retorno, siquiera temporal y para una magna exposición, de las Glosas, de los beatos y del resto de los códices emilianenses. Un suceso cultural de primer orden, muy bien difundido y acompañado de publicaciones, artículos y conferencias, que asiente de una vez por todas la decisiva importancia de San Millán en la Alta Edad Media y en los orígenes del castellano.

Usted dirá, presidente.

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