LA AGENDA DEL PRÓFUGO

MANUEL ALCÁNTARA

Nadie puede seguirle los pasos porque es el sendero el que varía. Primero se escondió en el extranjero, donde cabe todo, y después ha vuelto a tener en vilo a su tierra natal y al resto de España. Puigdemont, a falta de otros dones, tiene el de la ubicuidad. ¡Qué señor tan pesado! Primero se escondió lejos y ahora vuelve con renovados ímpetus partidistas. Cuando era un fantasma que cuidaba mucho de no pisarse las sábanas, fue el hombre más buscado de Bélgica. ¿Dónde estaba para que no le encontrase nadie? Ahora su estrategia es distinta, pero la finalidad es la misma: conseguir que España sea más chica robándole un pedazo. El expresidente catalán, que era el hombre invisible, aspira ahora a que le vean todos, incluso los que no lo pueden ver. Si Tarradellas levantara la cabeza le daría un cabezazo entre ceja y ceja, levantándole el flequillo. El sábado, unos doscientos radicales -radical más o menos- irrumpieron en un acto organizado por Ciudadanos en Sant Andreu de Llavaneres. Asistían, entre otros, Albert Rivera, Inés Arrimadas y Toni Cantó. Tuvieron que tragarse sus palabras, quizá para comprobar que eran una dieta adecuada.

A todos los que seguimos, más o menos jadeantes, el llamado 'conflicto catalán', por muy entretenido que sea, ha llegado a aburrirnos. El resto de España ha aprendido a bostezar con la boca cerrada. No es que las cosas le entren por un oído y le salgan por otro: es que no nos entran en la cabeza tanta terquedad y tanto fanatismo. El único programa del independentismo es la separación de ese trozo de España para que la patria de todos sea más pequeña. El expresident no sabe si va a estar en el programa de su exilio o va a ir por libre. Será necesario lo que ya era imprescindible: restaurar la legalidad constitucional o hacer otra. Personas como Puigdemont no son las más aptas para esa tarea de encaje.

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