La agenda colombiana de Francisco

La agenda colombiana de Francisco

«La visita tiene como objetivo apuntalar el acuerdo logrado entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC porque lo más difícil de los procesos de paz es el posconflicto»

Independientemente de que sus voceros hablen de la existencia de otras agendas, una social, otra espiritual, en la visita del papa Francisco a Colombia domina como prioridad la agenda política. Es una visita que tiene un objetivo preciso, apuntalar -bendecir sería mejor término en este caso- el acuerdo de paz logrado entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Un acuerdo logrado después de un largo y tortuoso proceso que desde el comienzo encontró apoyo en la jerarquía eclesiástica colombiana y en el Vaticano.

Son muchos los gestos que hacen explícita esta circunstancia. El primero, la naturaleza de la visita. En cada viaje transoceánico, el Santo Padre aprovecha para visitar dos o tres países. En esta oportunidad, en cambio, visitará sólo uno, Colombia. Le dedicará, además, cuatro días enteros y regresará luego a casa. Lo que demuestra la importancia que le da al Acuerdo de Paz.

El segundo, el lema que signará la visita: 'Demos el primer paso para comenzar con Cristo algo nuevo en bien de todos'. Es decir, Francisco viene a declarar la entrada de Colombia en una nueva era de reconstrucción, una nueva oportunidad, que es aquello que en la lógica católica viene a seguidas del perdón.

Y viene a convocar la acción de los colombianos en el camino de la paz definitiva. El metamensaje está claro, «ya ustedes han logrado el acuerdo marco, ahora es responsabilidad de cada uno apostar a la tarea más importante: la reconciliación». Porque todo el que conoce el tema sabe que lo más difícil de los procesos y acuerdos de paz es el posconflicto. Aceptar a la guerrilla y a los guerrilleros como ciudadanos normales con derechos no es siempre una tarea fácil. Lo saben bien los colombianos que vivieron cómo luego de que el M19 firmara la paz y se reintegró a la vida civil, su comandante convertido en candidato presidencial de la Alianza Democrática M-19, movimiento político que surgió del grupo guerrillero, fue asesinado pocos meses después en abril de 1990.

Por esta razón, y este es el tercer gesto explícito, uno de los eventos de masas más importantes de la gira, el más dramático y decisivo en su impacto, será un acto de oración del Santo Padre con víctimas del conflicto que los organizadores han titulado 'Gran Encuentro por la Reconciliación'.

El encuentro se realizará el viernes 8 en Villavicencio, la capital del departamento del Meta, uno de los territorios donde el conflicto fue más cruento. Junto al Papa se reunirán seis mil ciudadanos de todo el país, uniendo en una sola oración a víctimas y victimarios, a policías, soldados, guerrilleros y ciudadanos ajenos al conflicto.

Dos acontecimientos más revelan el estratégico significado político de la visita. Primero, el hecho de que el acto de lanzamiento público del partido político que recicla a las FARC, la Fuerza Alternativa Revolucionaria de Común (la FARC), haya sido cuidadosamente realizado, casi que como abreboca de la visita, el viernes 1 de septiembre, apenas cinco días antes del arribo del Sumo Pontífice a Colombia.

Y, luego, el énfasis colocado en sus declaraciones por los voceros de la jerarquía eclesiástica local quienes, como lo ha hecho el cardenal Rubén Salazar no se cansan de repetir que «para el Papa es una alegría llegar a un país donde hay un acuerdo concreto para dejar la guerra y comenzar a construir la paz».

Pero no todo es color de rosa y sentimiento de esperanza en tierra colombiana. Francisco sabe muy bien lo que arriesga en un país que, si bien no llega a los grados patológicos de polarización de su vecina Venezuela, se encuentra profundamente dividido.

Aunque todos ansían el fin del conflicto, la mayoría votó en contra de los términos del Acuerdo en la consulta realizada en octubre del año pasado a la que sólo asistió el 37% del total de electores. En las mediciones recientes, el 87% de los consultados expresa desconfianza profunda en los partidos y el presidente Santos acumula un 83% de rechazo. La tarea de reducir las inmensas desigualdades sociales sigue en pie, la corrupción es un flagelo indetenible y la presencia del narcotráfico y el crimen organizado no se ha logrado eliminar.

Pero nada parece amilanar el optimismo de Francisco, un pontífice generador de grandes polémicas. Para unos, un necesario renovador de una iglesia anquilosada, para otros un cura rojo que casi se acerca a la herejía. El obispo de Roma parece confiar en su carisma, su liderazgo y la potencia de su mensaje para convencer ya no a las FARC, ya no al Gobierno, sino a los colombianos comunes, luego de más de 220.000 muertos y más de un millón de desplazados, que la paz es posible sólo con su acción.

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