Acoso

SYLVIA SASTRE

El ejercicio del poder mediante la dominación del otro, por encima de su voluntad y a pesar de derechos básicos, parece inherente al ser humano. Lo primordial es imponerse al otro para conseguir los objetivos marcados y sentirse fuerte por ello, subyugándole y, en numerosas ocasiones, guardando la apariencia o buscando la aquiescencia de los demás, de ahí que el refranero advierta de que son los actos y no las palabras los que nos definen.

Este mes de octubre ha saltado a la prensa el caso Weinstein y otros hechos que ponen en evidencia realidades ocultas por silencios pactados o condescendientes tras la figura de hombres poderosos y célebres, dejando numerosas víctimas ocultas en la sombra y la vergüenza.

El caso Weinstein es uno más de una fatídica lista de escándalos recientes (desde Dominique Strauss-Kahn a Bill Cosby) por conductas de opresión con acoso, agresión o violación sexual ejercidas por personas de apariencia intachable con notable éxito social y profesional, pero de brutal estilo, y complicidades que hacen posible su persistencia e imposición, en el silencio. Por fin, el caso Weinstein, ejercido encubiertamente desde los años noventa en el campo cinematográfico, hace estallar la toma de conciencia del acoso sexual en el trabajo; más allá de las mujeres que han sucumbido al indigno protagonista (hasta el 27 de octubre, 68 le han acusado de acoso o violencia sexual y 9 de violación), la amplia realidad que sale a la luz recuerda estudios que indican que una de cada dos mujeres occidentales sufren acoso sexual en sus lugares de trabajo, aunque solo un 5% de casos sean denunciados por miedo a la represalia o a consecuencias personales o familiares.

Indigno es el agente, e indignos son los que con su silencio lo permiten, presagiando su respuesta egoísta frente cualquier acto infame. Esta complicidad activa o pasiva de una estructura que ha gestionado el secreto sabiamente y una cultura entera consentidora, se pone también en evidencia.

Ante el hecho, no valen las infantiles excusas proferidas por Weinstein, ya que carecen de efecto sanador del daño causado ni aseguran que no pueda volver a infligirlo; hay que exigir que responda responsable y proporcionalmente por ello.

Es de esperar un antes y un después de este caso: que sea una toma de conciencia social de esta indigna conducta y, sobretodo, que una sociedad que se vincula al éxito y admira a personas astutas o políticos sin escrúpulos, active los medios jurídicos, morales y psicológicos para acotarlos. Además, recuerda que el poder por la opresión es un recurso que satisface inmediatamente pero no conquista al oprimido, solo le subyuga.

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