Aburrirse

Aburrirse

BERNARDO SÁNCHEZ

Una sensación insoportable me desazona desde que se inició la escalada del llamado . Se me hacen insoportables algunas más, desde luego, las trampas, las mentiras, la insolencia, la regresión, la superioridad patológica, en fin; pero albergo, sobre todo, una sensación inédita, como ciudadano: la de ver cómo mi país, incluida Cataluña, claro, a la que también he considerado desde siempre una parte vital de mi país -y escribo esto horas antes de partir para allí, a la boda de mi ahijada, catalana- lleva meses embargado por un reducido grupo de personas, unas pocas, que sin embargo tiranizan la atención, la preocupación, la convivencia, el relato, las prioridades nacionales. Nunca antes que ahora -con la excepción de los periodos dictatoriales- menos nos tienen a más en un puño. Hablo de una gente que se aburre -Mireia Boya (CUP)- con la murga de la oposición política, y que lo tuitea desde el escaño que le otorgó el régimen instaurado por la Constitución Española. Que se aburre y se hace un selfie parvulario mientras que la líder de la oposición, Inés Arrimadas (que bien pudiera ser una futura presidenta del Govern, caso de unas elecciones normales), estaba implorando a la Presidenta del Parlament -Carme Forcadell (ERC)-; implorando, sí, con las manos juntas como cuando se implora, que se respetaran las normas que regulan las turnos de intervención y aseguran las garantías democráticas; lo que se viene llamando democracia parlamentaria, vaya, que tan tediosa le resulta a Boya y tan enojosa a Forcadell. Que se aburre mientras se está jugando a una sola mano de trilerismo político alucinante -anticapitalistas con buen sueldo de la mano de burgueses de patrimonio saneado (más importante que la causa, ya se ha visto en las deserciones de última hora)- el futuro o no futuro de millones de personas. Hablo de bancadas completas, y en ellas el primero Puigdemont (PDeCAT), que ante la salida de la Cámara de toda la oposición -esa cosa tan casina, tan españolista- para no figurar ni siquiera como espectadores ni como testigos de la barrabasada, les dan la espalda y les despiden con risas despreciativas y autocomplacientes, aliviados por perderles de vista. Que les aburren las cautelas legales y jurídicas; o sea democráticas, que plantean los propios letrados de la Cámara, en evitación de males mayores (que están en camino). Que sólo les saca del sopor el que una señora diputada, Àngels Martínez (Podem), se levante de su escaño para retirar, como enfadada, un par de banderas de España que Albiol había dejado colocadas junto a las senyeras antes de abandonar el hemiciclo, en un gesto, el del Albiol que -a mayor abundamiento de la tristeza de la jornada- adquirió un aire elegíaco. Yo nunca he visto a nadie, por cierto, retirar nunca una senyera en ningún acto fuera de Cataluña, ni lo hubiera permitido nunca. Una ujier de la cámara y un diputado del bloque independentista tuvieron a bien ayudar a la señora Martínez en su descenso por las escaleras del pasillo -ahora sí, atendido, una vez evacuada la pertinaz oposición- no se produjese un incidente de ejecución de sentencia; quiero decir, que se tropezara o algo. Àngels Martínez prologó en su día el libro de Sibina y Fachin Ahora, parece más preocupada por que la bandera española no profane los escaños del Parlament. Martínez decía en aquel prólogo, refiriéndose al sistema de Salud catalana: «Hace falta que en la escuela, en las calles, en los centros de trabajo, y fuera de ellos, las personas, solas o en grupo, aprendamos a decir que no a las leyes injustas». Ha tenido una oportunidad inmejorable la diputada de hacerlo esta misma semana con la de referéndum y la de transitoriedad, aprobadas con su consentimiento. Y, en fin, estas pocas personas a las que me refiero son las que nos dan a todos lecciones de legitimidad (que se obstinan en exonerar de la legalidad, como si eso se pudiese permitir en democracia, que precisamente vincula ambos conceptos) y de europeísmo. Europeos: eso que dejarán de ser a todos los efectos, de consumarse el (algo que, estoy seguro, muchos de los asimilados al independentismo, incluso algún pata negra, rezan en la intimidad para que no suceda, pues siempre les será más barata y rentable la épica de que lo intentaron). Las sesiones del Parlament del miércoles y jueves me han parecido una ratonera, que envenena la atmósfera de la soñada República. Soñada por ellos, claro. Una encerrona, en fin, de lesa democracia, que -no obstante-se celebrará en la calle el lunes, y llenará la caja de resistencia. Qué aburrimiento.

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