ABUELOS INALÁMBRICOS

LUIS JAVIER RUIZ DAÑOS COLATERALES

La última vez que el abuelo descolgó el teléfono (fijo) fue hace demasiado tiempo. Un día llegó su hija y le entregó un pequeño dispositivo con el que, le dijo, iba a estar siempre localizado. No le hizo mucha gracia ese control pero como nadie le consultó no dijo nada. Seguro que, pensó, a partir de ese momento sus hijos y sus nietos ya no podrían recurrir a la excusa de siempre: «Te hemos llamado para verte pero no estabas en casa y hemos pensado que otro día...». La primera vez que sonó aquel cacharro pensó que era alguna música del vecino que se colaba por la ventana. Tres veces en cinco minutos. Después, cuando iba a cerrar la ventana, sonó el teléfono (el de toda la vida, claro) y su hija le preguntó que por qué no cogía el móvil. ¿Para qué si estoy en casa?, respondió. Al final se acostumbró, claro.

A lo que no termina de acostumbrarse el abuelo es a que sus nietos no le visiten con tanta frecuencia como a él le gustaría. La última vez que estuvo el nieto mayor se pasó todo el rato protestando. ¿Pero por qué te quieres ir si acabáis de llegar? «Es que no tienes wifi», le contestó sin dejar mirar la pantalla de su móvil confiando en que quizá algún vecino generoso (o despistado) podría reactivar las redes inalámbricas de su teléfono. La semana pasada el abuelo compró wifi. La operadora de la compañía de comunicaciones con la que firmó el contrato llamó poco después a la radio y contó la conversación con el abuelo. Cuando ella empezó a hacerle preguntas sobre el uso que le iba a dar a la conexión, el número de equipos conectados, la velocidad que quería, él le cortó: «Mire, señorita, yo lo único que quiero es que mis nietos vengan a visitarme y sin wifi, no hay nietos».

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