La Rioja

Vuelven las pateras

Casi teníamos olvidado ya el drama de las pateras rebosantes de migrantes a merced del oleaje y de la incertidumbre de un futuro cargado de incógnitas. Unos años atrás, la llegada de pateras y, lo más grave, las noticias sobre el final trágico de muchos de sus ocupantes era una pesadilla estival para cuantos tenían su opinión partida entre los mejores sentimientos humanitarios y el realismo que impone la obligación de cumplir unas leyes que impiden la acogida de los que quieren cruzar ilegalmente las fronteras.

Tras una tregua lograda gracias a caras negociaciones internacionales y una mayor vigilancia de las costas, este caluroso verano el problema de la llegada de migrantes africanos en masa vuelve a repetirse. El buen tiempo es un factor que estimula a los migrantes que aguardan en muchos lugares del norte de África a jugarse la suerte a una carta peligrosa y echarse al mar. Muchos llevan esperando mucho tiempo después de haber invertido sus ahorros y los de sus familiares en pagar a mafiosos desaprensivos que les prometen ayuda para cruzar el Mediterráneo que no siempre cumplen.

La colaboración de Marruecos impidiendo los asaltos a las vallas de Ceuta y Melilla y los embarques de pateras desde sus puertos había desviado al grueso de los centenares de miles, quizás millones, de personas que quieren venir a Europa -con el sueño de compartir algo de nuestro estado del bienestar- hacia Libia, un país caótico, con la infraestructura del Estado destrozada y varios gobiernos disputándose un poder que en la práctica está en el suelo. Desde allí se multiplicaron en meses pasados los embarques hacia las costas italianas, a donde llegaron oleadas incalculables y en cuyo empeño muchos millares perdieron la vida.

La delicada situación política que se vive estas semanas en Marruecos, al menos en el Rif, donde las fuerzas encargadas del orden público a duras penas consiguen reprimir las manifestaciones de protesta en sus ciudades, ha servido de voz de llamada de los desaprensivos del tráfico ilegal migratorio que ven nuevas posibilidades de reanudar los embarques hacia España, cuyas costas son más cercanas. La situación es preocupante tanto por los problemas que crea una avalancha de esta naturaleza como por el dolor de conciencia que provoca.

Cuando se contempla el drama y se valora la impotencia para poderlo afrontar, los sentimientos se entrecruzan y ponen hasta las mentes más serenas en rebeldía consigo mismas. Estamos frente a un problema de una dimensión humanitaria descomunal ante el que poco seguramente se puede hacer pero seguramente no se está haciendo nada. África necesita desarrollarse para que sus nativos no tengan que arriesgar sus vidas en busca de trabajo y comida pero eso, suponiendo que un día la solidaridad internacional lo intente, hasta ofrecer resultados tienen que transcurrir muchos años; demasiados para que las actuales generaciones se resignen a esperar.

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