La Rioja

LA PLAZUELA PERDIDA

Elogio de la memoria

Es bien conocido que la edad hace a todos volver la vista atrás -permítanme que use el plural genérico, en vez del redundante 'todos y todas' que quieren poner de moda los políticos, especialmente de izquierdas, como si dar patadas al idioma fuera la solución para resolver los problemas de igualdad de géneros-, recurriendo a los viejos termómetros de infancia, esa infancia salvífica y redentora en la que apacienta la memoria. Aunque pueda parecer que, con el tiempo, los retazos que anidan en la memoria van cayendo en los sumideros del olvido, siempre queda ese mágico baúl en el que habita el perfil de los recuerdos, que componen la estela de la vida, especialmente de la patria de infancia. Y no hace falta estar de acuerdo con Calderón de la Barca, cuando dice: «Aunque suele la memoria/ morir a manos del tiempo,/ también suele revivir/ a vista de los objetos,/ mayormente cuando son/ para dolor sus acuerdos». Y es que la mayor parte de ese arcón maravilloso, que contiene los recuerdos, está lleno de evocaciones, que recorren la particular historia de nuestra felicidad.

Si hay una generación prolífica en recuerdos es la de los nacidos en España hacia la mitad del siglo pasado, pues han visto el mayor cambio social y tecnológico que nadie pueda imaginar. En los años cincuenta, del siglo XX, en el medio rural español se trabajaba y se vivía prácticamente igual que lo hacían los romanos: se utilizaba el arado -el aladro riojano-, se molía el trigo con muelas de sílex, movidas por agua desviada del río, no había agua corriente y apenas luz eléctrica; y se comía lo que se podía. Sin embargo, la vida social, que es la que alimenta los recuerdos, era intensa, pues los niños vivían en la calle, los hombres acudían a bares y solanas, tras su jornada de trabajo, y las mujeres se juntaban con sus vecinas en cuadras y glorias para remendar calcetines y jugar a la brisca; y la vida, aunque muy dura, era un camino compartido. Esa generación ha vivido cambios que ninguna otra vivirá, ha visto llegar el desarrollo industrial, la automoción, la televisión, los ordenadores y todas las nuevas tecnologías. Es muy difícil, cuando no imposible, que alguna otra generación tenga tantas vivencias y tantos recuerdos. Sin duda, tienen lleno ese peculiar equipaje de mano del que se viste la memoria.

En contraposición, qué posibilidades de remembranza tendrán, al llegar el momento de echar la vista atrás, estas nuevas generaciones nacidas con el móvil en la mano y con las redes sociales en la imaginación, si su vida ha discurrido en la memoria de un chip. Sinceramente, prefiero la otra memoria, la que nos lleva por el río del recuerdo hacia la plazuela perdida de la vida compartida, de la que Núñez de Arce dice: «La memoria es el faro que nos guía/ por el humano mar embravecido,/ desde la cuna hasta la tumba fría».

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