La Rioja

EDITORIALES

La indispensable colaboración

El PP y el PSOE representan las dos opciones clásicas, liberal y socialdemócrata, que han mantenido la dialéctica política y se han alternado en el gobierno en las democracias occidentales desde la Segunda Guerra Mundial. En España, ha funcionado un bipartidismo imperfecto protagonizado por estas organizaciones desde la fase constituyente y hasta las elecciones generales de 2015 y de 2016, en que el surgimiento de dos partidos nuevos dio lugar a un modelo cuatripartito en el que sin embargo PP y PSOE conservan la hegemonía. Durante toda la etapa democrática, PP y PSOE han mantenido una lógica rivalidad ideológica, a veces cargada de acritud y a veces más amable, y han escenificado una lucha por el poder político en todos los planos institucionales. En los sistemas pluralistas, la mayoría gobierna y las minorías desempeñan las funciones de contradicción y control. Pero, además, las dos principales organizaciones políticas preservan los fundamentos del modelo, tutelan conjuntamente los grandes valores y mantienen sus elementos estructurales. Por ejemplo, la evolución del sistema autonómico ha sido conducida mediante pactos PP-PSOE en 1981 (Calvo-Sotelo, presidente del Gobierno-González, líder de la oposición) y 1992 (González, presidente del Gobierno-Aznar, líder de la oposición). Los dos grandes partidos políticos han cooperado en otros asuntos de Estado, como la política antiterrorista, o, en diversas etapas, en política exterior. En la actualidad, la relación es más compleja porque hay más actores en el espectro parlamentario, pero la colaboración entre ambas fuerzas sigue siendo necesaria para lo que ya lo fue en el pasado. Máxime cuando el Estado español se enfrenta a un serio problema suscitado por el independentismo catalán, que amenaza con la ruptura traumática del ordenamiento constitucional. Nos dirigimos además hacia un replanteamiento de la Unión Europea, que tras el 'brexit' parece avanzar hacia nuevos escenarios de integración, y este designio debe ser también afrontado conjuntamente por los partidos que, en teoría, deberán seguir siendo protagonistas principales de la alternancia. En definitiva, Rajoy y Sánchez hacen muy bien rivalizando políticamente en la disputa por el poder, pero deben aparcar sus diferencias personales para entenderse en los asuntos de Estado que reclamen colaboración. La sociedad civil no entendería otra forma de comportamiento.

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