La Rioja

Memoria de La Salera

El campo de La Salera, en Nájera, es un amplio calvero entre los cerros de el Castillo y de la Calavera, una hoya hirsuta acondicionada en los años 60 del pasado siglo para albergar los juegos deportivos de la ciudad. En un proyecto visado en 1964 por el arquitecto Rafael Gil Albarellos, apenas dos folios y cuatro planos plasman la memoria técnica de un plan ideado por la junta directiva del Náxara, presidida entonces por el médico José Manzanares. La prestación dotacional del deporte en Nájera iba a adquirir una novedosa configuración. De ser un andurrial de las afueras donde se trillaba el trigo en sus áridas campas y se practicaba el balompié de forma asilvestrada, La Salera iba a transformarse en un complejo denominado José Antonio Elola Olaso, un prócer del Movimiento, Delegado Nacional de Educación Física y Deportes, que impulsó el proyecto.

El Náxara adquirió los terrenos somontanos donde se ubicaría el frontón y convino con el ayuntamiento el uso del campo de fútbol, propiedad del municipio. Y así se diseñó un espacio polideportivo con vestuarios, servicios y accesos asfaltados que incluían columpios y una explanada para aparcar donde también se practicaba el tiro al plato.

Las cosas se hicieron como entonces, a cálculo, vereda y empeño comunal. Nájera era una cabecera pujante, repleta de carpinterías en auge, fomentosa y bien servida de alicientes y ocio. La ciudad iniciaba su despegue urbanístico por los barrios altos a base de viviendas sociales e industrias diseminadas. Y una empresa especializada en obra civil, la HELMA, construía los canales de riego del Najerilla y se daba pupilaje a sus obreros en las casas de la ciudad. Aquella obra de La Salera se forjó a puro huevo. El movimiento de tierras se hizo con dinamita las mañanas de los domingos, un acontecimiento que reunía en las faldas de el Castillo a un sinfín de espectadores que almorzaban dando largos tragos de vino a sus botas celebrando los zambombazos de los artificieros y la posterior entrada de las michiganes y camiones para acopiar las rocas. Siempre se dijo que la HELMA construyó el frontón sin costo alguno en agradecimiento a las atenciones que Nájera tuvo con sus trabajadores. Lo cierto es que muchos de ellos se asentaron aquí y fundaron familia.

Se inauguró el campo oficialmente el 28 de abril de 1966 con la disputa de un partido entre el Logroñés y el Athlétic de Bilbao y en su frontón jugaron los más afamados pelotaris del momento. Para los niños de entonces, La Salera fue un lugar especial y preferido aunque jugar en aquel campo sólo estaba reservado para el plantel del Náxara. No tenía las hechuras ni el césped de ahora pero estaba marcado a cal, con porterías reglamentarias, vestuarios y casetas. Un recinto sagrado al que el señor Mariano Mínguez, encargado de la intendencia y mantenimiento del rectángulo, no dejaba ni acercarse.

Tras unos primeros años que la memoria escamotea, el Náxara tenía en la ciudad un rango estelar. Acudir a La Salera fue un acontecimiento tan deseado o más que ir al cine y sus jugadores tenían la vitola nimbada de los ídolos: Ocón, Ceci, Modesto, Galán, Cachán, Maiso, Arizaga, Galilea, Orío, Sergio, Figu, Sátur, Juan Montes, Ibáñez, Eduardo Choca, Vicente Sánchez, Herreros o Sobrón fueron una pléyade a emular con nuestros modestos balones en las eras aledañas. Los partidos se anunciaban con un artístico cartel donde un portero con gorra de garzón salta de puños azuzado en una melé por un nueve fornido, y siempre me pareció un primor. Venían a jugar los equipos comarcales: Haro, La Calzada, Arnedo, Alfaro y Calahorra; de Logroño; el Yagüe, Berceo, Balsamaiso, Atlético Riojano y Tardío; de Burgos, el Mirandés y de Navarra, los de la ribera, zona media y Pamplona: Tudelano, Izarra, Murchante, Azoyen, San Juan o la Chantrea, entre un elenco innumerable. Tras unos años de apogeo, cuantiosas taquillas y general entusiasmo, las cosas flaquearon un tanto y el club apostó por la cantera como vivero inversor. Los equipos locales del A.J.A.M (también conocido como el de los frailes), los Leones o el Wichita disputaron campeonatos juveniles de gran rivalidad auspiciados por el célebre Servando Pérez, y sus jugadores comenzaron a integrarse con éxito en el Náxara. Una amplia nómina integrada por los Garibay, los Martínez, los Pérez, los Hidalgo, los Galarreta, los Ochoa, Julio Farias, José Mari Bustos, etc, etc, prolongarían durante años la naturaleza autóctona del equipo. La comarca najerina también se sumó a este proyecto y se jugaron animadísimos torneos interpueblos los caniculares domingos de verano. De esas jornadas promocionaron Abejón, de Uruñuela; Navaridas, Daniel Terreros y Gorrión, de Cárdenas; Félix, de Azofra; Marino, de Alesanco; Pedro Pablo, de Matute o Villar, de Cordovín; estos últimos fichados por el Hércules y el Logroñés respectivamente. De imborrable recuerdo la figura personalísima de Bernal, sapiente entrenador con carnet de tal. La labor promotora de Roberto Morras entre los más pequeños. Los primeros presidentes, el citado Manzanares, Nicanor Castresana, Benito Martínez. Felipe y Jesús Marijuán, marciales delegados de campo. Alfredo Serrano, aguador y masajista. Pipe Ríos, guardabalón y utillero. Damián y la Juani, concesionarios del bar antes de llevarlo la familia Montes. Y la sed que pasamos allí, en La Salera, un secarral de arcilla y yeso al que ni el impetuoso empeño de Demetrio Guinea por excavar su famoso pozo, logró extraer sino el sustrato de una bolsa de agua salitrosa y escasa.

Aquí detengo la reseña pues el acopio de recuerdos incrementaría más las omisiones que los nombres. Y eso requiere otro formato y más holgura. El resto es el ahora: un equipo y una ciudad empastados que viven los sucesos de los días felices. Que dure esta alegría.

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