La Rioja

MI BALCÓN

Cuchillos y tenedores

Supongo que ustedes lo habrán leído. A mí me ocurrió el otro día que, estando ojeando por la tarde un número antiguo de La Codorniz, me pareció oír en la tele que en Salamanca, por una interpretación del artículo 36 de la Ley de Seguridad Ciudadana, habían prohibido que sobre las mesas de las terrazas de los restaurantes aparecieran colocados cuchillos y tenedores antes de que los comensales se instalaran dispuestos a manducar. Suspendí la lectura mientras escuchaba la opinión de un profesional de la hostelería, y tuve la impresión de que sus explicaciones se quedaban entre Pinto y Valdemoro, quizá por la novedad o por las variadas opiniones a que puede dar lugar.

A mí esa determinación me parece no solo exagerada sino escasamente práctica, incluso en una ciudad tan hermosa y turística como la nombrada. Me ha recordado a esas escenas de las películas del Oeste en las que el sheriff ordena al chico bueno o al matón de turno que deje las armas en un colgador señalado a propósito, si va a quedarse unas horas en el pueblo. Desde que el mundo es mundo, cuando alguien ha querido atentar contra algún semejante, ha tenido a mano artefactos considerados ofensivos en determinados casos lo mismo en su propia cocina que en la ferretería más cercana. La Historia está llena de esas peripecias. En consecuencia, ¿para qué ir seleccionando presuntas armas peligrosas por los aledaños de las casas de comidas si lo habitual es portarlas de antemano, a no ser que se trate de un coleccionista de cuberterías, asunto poco probable, un tanto cansino y expuesto a que un camarero te golpee de manera metálicamente delicada con una bandeja?

Por otra parte, si esta medida teñida de gastronomía se desea que resulte efectiva, tendrá que aplicarse asimismo durante el transcurso de la comida. Los servidores han de permanecer, por lo tanto, muy atentos para que, cada vez que los comensales enhebren una conversación, retiren cuchillos y tenedores al interior de los negocios hasta que decidan proseguir con el yantar. Es como para volver loco a cualquiera.

A partir de estas reflexiones, el lector comprenderá que conviene proseguir con la venerable y venerada costumbre de dejar en paz a los cubiertos, que además podrían servir de defensa a los citados comensales, ¿o no? Y, desde luego, estaremos atentos al uso que de ellos hacen los nenes de la familia, no armen algún desaguisado por imitar a los héroes de sus juegos informáticos. Por lo pronto, yo, totalmente despreocupado de la fábula de Cristiano, pienso irme este fin de semana con mi chica a Salamanca a visitar terrazas y salir de dudas. Ya les contaré.

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