La Rioja

Clásicos de todos

Una buena noticia: gracias al imperio de la ley -que, como sabemos, lleva implícita no sólo la trampa, sino a menudo también el hampa-, una composición de Vivaldi o de Beethoven puede acabar siendo propiedad intelectual -y comercial- de usted, de su primo de usted o de su suegra de usted, por mucho que ustedes tres vean una partitura y les parezca un jeroglífico de la época de Amenofis IV. El único riesgo que corren es que los pillen, como acaba de ocurrirles a varios perspicaces que se han pasado años y años cambiando un par de notas a composiciones clásicas o aplicándoles arreglos básicos, lo que, según parece, les ha hecho ganar más dinero que Vivaldi y Beethoven durante toda su vida, incluso juntos. La trama delictiva era muy simple: registrar obras ajenas con ligeras variantes, hacerlas sonar en los programas de madrugada de TVE y cobrar derechos a espuertas.

Tal milagro resulta posible gracias a que los derechos de una obra musical o literaria pasan a ser de dominio público a los 70 años de la muerte de su autor, al tener las obras artísticas la condición de bienes de expropiación forzosa, detalle que no afecta a ninguna otra propiedad, lo que no quita que los artistas estén obligados a tributar por sus obras expropiables con arreglo a los mismos criterios fiscales que los propietarios de bienes de transmisión perpetua.

Pero dejemos a un lado los asuntos legales, que siempre resultan enredados y espinosos, y centrémonos en la dimensión artística del asunto. Siguiendo los pasos de pioneros como Waldo de los Ríos o Luis Cobos, cualquiera puede interpretar una partitura de Verdi por reggaeton o una de Mozart por rumba catalana, asunto que, aunque desenfrene a los puristas, no pasa de ser una anécdota, pues muy mal hay que andar de cultura generalista para confundir eso con Verdi o con Mozart. En cuanto a las obras literarias, los peligros, en cambio, se acrecientan. Imaginemos, no sé, que un editor se anima a lanzar al mercado 'Romeo y Julieta', con la peculiaridad de que le resulta demasiado triste y poco comercial el desenlace, de modo que encarga una versión en la que los enamorados veroneses salven el pellejo, se casen, tengan hijos y monten una empresa de importación/exportación con China, por decir algo. Al no existir ningún organismo regulador de la integridad de las obras con derechos de explotación vencidos, esa pieza alterada podría salir al mercado con la firma de Shakespeare, cabe suponer que a pesar de Shakespeare. Que yo sepa, esa sangre no ha llegado aún al río, pero sí la de las versiones abreviadas, adaptadas, modernizadas o censuradas, por no hablar de las traducciones de nivel inadmisible.

Pero la vida es breve. Breve y mercantil. Si tararea usted a Mozart en la ducha, ya sabe: apresúrese a registrarlo como una creación propia. Puede colar.

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