La Rioja

Espartaco y la rebelión de los esclavos

El pasado 9 de diciembre cumplió cien años Issur Danielovitch Demsky, actor judío de origen bielorruso más conocido en todo el mundo por su nombre artístico: Kirk Douglas. La efeméride fue aprovechada por los medios para hablar de su trabajo y evocar algunos de sus grandes éxitos. Entre las películas protagonizadas por él figura Espartaco, dirigida en 1960 por Stanley Kubrick sobre guión de Dalton Trumbo, uno de los izquierdistas perseguidos por el senador McCarthy durante su 'caza de brujas'. Según cuenta el propio actor en su libro de memorias El hijo del trapero, como coproductor de la película exigió que Trumbo figurara en los títulos de crédito con su nombre, y no consintió que se le escamoteara su parte alícuota de gloria ocultando su identidad bajo un ocasional seudónimo, como se había hecho hasta entonces.

Por los mismos días en que Kirk Douglas celebraba su siglo de vida, yo me encontraba leyendo S.P.Q.R. (Senatus PopulusQue Romanus) obra de la catedrática en Clásicas e historiadora británica Mary Beard. Se trata de un deslumbrante ensayo en el que la señora Beard ofrece la quintaesencia de sus conocimientos sobre un tema que domina ampliamente. En un determinado momento, ella asegura que, gracias en parte a Kirk Douglas y a Stanley Kubrick, la rebelión de los esclavos capitaneados por el gladiador Espartaco se ha convertido en uno de los episodios más conocidos de la antigua Roma.

Recordemos brevemente los hechos que recoge la película. En el año 73 a. C., bajo el liderazgo de Espartaco, unos cincuenta esclavos escapan de una escuela de adiestramiento de gladiadores en Capua, al sur de Italia. Los fugitivos pasan los dos años siguientes reuniendo apoyos y resistiendo el acoso de las legiones, hasta que son finalmente vencidos. Como brutal escarmiento, los supervivientes son crucificados y exhibidos en una macabra hilera sobre la Vía Apia.

Los relatos modernos han tratado a menudo de convertir a Espartaco en un héroe ideológico, en un luchador contra la institución de la esclavitud. Sin embargo, como aventura la profesora inglesa, en el contexto histórico de la Roma antigua habría resultado inimaginable una pretensión semejante.

Durante algo más de quinientos años, Roma fue una potencia en expansión, lo que hizo que llegaran a Italia, en grandes cantidades, esclavos procedentes de los países conquistados por sus legiones. Esos esclavos trabajaban en los latifundios como peones agrícolas, pero también como criados domésticos, mineros, porteadores de literas, remeros o gladiadores. Suponemos que todos estos desdichados que penaban a lo largo y ancho del territorio perteneciente a la República y más tarde al Imperio de los césares anhelarían la libertad para sí mismos, pero las evidencias nos indican que la esclavitud como institución era algo que todos daban por sentado en el mundo antiguo, incluidos aquellos que se veían obligados a padecer en sus propias carnes tan insoportable carga. Las guerras de conquista practicadas por egipcios, persas, asirios, cartagineses o romanos implicaban la destrucción de ciudades y el sojuzgamiento de sus habitantes. Si tú salías triunfante en la batalla, podías convertir en esclavos a tus adversarios; pero si resultabas derrotado, entonces era a ti a quien tocaba engrosar las abultadas filas de la esclavitud. Ese era el código que todos aceptaban.

La importancia para las civilizaciones antiguas de esta mano de obra forzada llevó a Marx y Engels a caracterizarla como la primera de las tres grandes fases en la evolución socioeconómica de la humanidad: esclavismo, feudalismo y capitalismo. Sin embargo, la línea divisoria entre una y otra no estuvo nunca demasiado clara. Por una parte, el feudalismo propició la existencia de un estamento de señores que sometían a sus siervos a un régimen de semiesclavitud que en muchos países se prolongó hasta poco después de la Revolución Francesa. Por otra, a lo largo de la Edad Moderna, portugueses, ingleses y holandeses practicaron un lucrativo negocio de esclavos negros capturados en poblados de África y llevados a la fuerza a sus colonias de Asia y América. Ya no se trataba de guerreros vencidos en la batalla, sino de seres humanos indefensos atrapados en cacerías organizadas con ese propósito. Y no hay que olvidar que tan infame comercio duró hasta mediados del siglo XIX, con la revolución industrial y el capitalismo extendiendo sus tentáculos a escala planetaria. Hasta 1861 la servidumbre no fue abolida en Rusia por el zar Alejandro II, mientras que en los Estados Unidos la proclama de emancipación de los esclavos la firmó Abraham Lincoln en 1863, aunque no pudo aplicarse en todo el territorio hasta dos años después, tras la derrota en la guerra civil de los estados esclavistas del sur. Todavía perduraba en Cuba, a la sazón colonia española, en 1873, cuando fue suprimida por nuestra primera República. Y todos sabemos que en nuestros días sobreviven diversas formas de esclavitud, desmintiendo que esa lacra pertenezca a una etapa de la humanidad ya superada.

Al igual que había hecho Espartaco, Kirk Douglas también se rebeló contra el establishment logrando que algunas cosas cambiaran en Hollywood. En buena medida gracias a su valentía, ninguno de los cineastas que habían sido acusados de izquierdistas volvería a ser puesto en la picota por el sistema.

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