La Rioja

MEZCLADO, NO AGITADO

Cansinos históricos

Parece increíble que personas cuya apariencia es la de ser gente formada y hasta culta, con un largo recorrido vital, se ofusquen de tal modo que persistan en empeños no sólo imposibles, sino absurdos, ilógicos, ilegales y con visos de actos desequilibrados que lindan con la esquizofrenia. Cuando era niño, y es una anécdota que narro con frecuencia como ejemplo de mente delirante, alguien que hasta un momento de su vida había sido lo que podríamos decir normal de repente comenzó a creer que era perseguido allí por donde fuera, no sé si por el espíritu redivivo de Napoleón o por cualquier otro personaje histórico, pero el caso es que se sentía acosado de manera imaginaria, y por tanto dirigía su mirada hacia atrás escudriñando su espalda por si aparecía el persecutor, entre tanto hablaba con aparente normalidad.

El desvarío de una parte importante de los actuales dirigentes de Cataluña -cuya ensoñación proviene desde que Companys y Macià proclamaran en 1931 L'Estat Català, y que inocularon lo que la Renaixença había iniciado y que parece les hace únicos en todo el orbe- es repugnante. Si añadimos su grosera y manipulada mentira sobre el expolio económico del resto de la sociedad española sobre ellos, y que nadie ha sido capaz de corregir durante la democracia actual, la paranoia independentista se retroalimenta y sucumbe a los efluvios de su imaginaria identidad virtuosa.

Si no fuera porque la situación no es precisamente para hacer chistes, diría que muchos de los dirigentes nacionalistas catalanes, me recuerdan a ese personaje creado por el humorista Mota, «el cansino histórico», dada la agresividad de su discurso absurdo, plagado de agravios y conceptos manipulados originados por la «puta España», en palabras de un gallego, actor de teatro que vivía en Barcelona y que no me apetece ni nombrar. Discurso al que una parte de la sociedad catalana, incluido el FCB, abducida por esos líderes desaprensivos, corruptos y manipuladores, ha cedido de manera irreflexiva e irresponsable, admitiendo un neurótico concepto de identidad cuya carga es una bomba de relojería. Tampoco son los únicos, pero es otra historia.

La enfermedad, el tumor, el cancro cuya metástasis se ha ido alimentando desde los tiempos del vil Pujol, y tantos otros que no le van a la zaga, es de tal envergadura que ni la quimioterapia más agresiva puede ya eliminarla. Se ha envenenado tanto a la sociedad catalana que una parte de la misma se ha creído distinta y, por supuesto, mejor que el resto de los zafios habitantes que conformamos la heterogénea identidad cultural peninsular: ni los vagos andaluces; ni los altivos castellanos; ni la gente de mal vivir murciana; ni los tercos aragoneses; ni los valencianos o cualquier habitante de otra tierra española dejamos de ser para el catalanismo más conspicuo, en su demencia independentista, algo más que unos parásitos de su pureza racial, olvidando lo que es una realidad palmaria: la diversidad de su censo, procedente como en cualquier otro lugar, de mil leches diferentes.

Tontos los hay en todas partes y en algunos momentos de la historia en cantidades industriales, porque, si no, ya me dirán de esa iniciativa, creo que ya legislada, por la que Aragón hará del «aragonés» -chifla, chifla, que como no te apartes tú.- y del catalán, asignaturas en los estudios reglados del bachillerato o como se llame ahora. En Asturias también el bable fue objeto de controversia y uno se puede encontrar con pintadas que exigen: n´asturianu. No tardarán en reclamar los murcianos -que no cuenten conmigo- que sea asignatura obligatoria el panocho. En fin, qué quieren que les diga: este país, España, es un lugar hermoso y privilegiado, pero aquí seguimos empeñados en enzarzarnos en una lucha a garrotazos, como si la metáfora de Goya fuera un estigma genético que nunca mutará a mejor.

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