La Rioja

Despatarre y derrape

Una campaña contra el desparrame masculino en el transporte público (manspreading) impulsada por movimientos feministas y apoyada por Podemos ha acabado cuajando en el receptivo Ayuntamiento de Madrid donde manda mucho Rita Maestre. En la red de autobuses metropolitanos de la capital de España van a colocar unos adhesivos que afean la conducta de los varones que colocan sus extremidades inferiores en uve al sentarse y desbordan el espacio natural del asiento molestando al viajero contiguo. De momento la iniciativa no se ha extendido ni al Metro ni a la red de transporte de la comunidad de Madrid pero las impulsoras ya han ganado el primer asalto. Desde la óptica de un varón es difícil establecer un criterio práctico respecto a la gravedad del hecho en sí, pero autorizadas voces femeninas como la influyente comunicadora Ana Rosa Quintana ya han calificado el asunto como «una gilipollez».

Por el contrario «feministas hartas» y otras plataformas de género han puesto el grito en el cielo relacionando la gestualidad abusiva del espacio por los hombres de «micromachismo», exhibición de poder, manifestación de superioridad jerárquica y otras ofensas seculares a la mujer. El conflicto de la desigualdad y la discriminación de la mujer es suficientemente serio y preocupante como para jugar con ello y derrapar con iniciativas extravagantes. Casualmente, coincidiendo con el debate sobre el desparrame se difundió en las redes una instantánea en la que se puede apreciar con nitidez a la portavoz de Podemos, Irene Montero, en un acto político sentada (más bien aplastada) entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón sentados ambos a sus anchas, piernas en uve, sin asomo de mala conciencia por el desparrame hacia su compañera.

Joaquín Prat, otro presentador nada radical en sus opiniones y acostumbrado a debatir con mujeres de todo el abanico del feminismo del más radical al conservador, se indignaba argumentando que los hombres igual tendríamos que pedir perdón por tener genitales «exteriores». He escuchado comentarios de todo pelo: «Por este camino prohibirán a los gordos subir al autobús»; «¿Y las mujeres que ocupan dos sitios utilizando el bolso (shebaggin)?». A mí me hace mucha gracia el debate pero me da un poco de vergüenza ajena que se estén confundiendo los necesarios esfuerzos por la igualdad y la no discriminación con movidas de propaganda barata para intentar captar la simpatía de algunos colectivos feministas.

Cada vez se alzan más voces dentro del propio mundo femenino criticando las ocurrencias feministoides de determinados grupos porque en el fondo no hacen otra cosa que colaborar a desprestigiar el movimiento feminista serio y comprometido. No son las únicas responsables del derrape verbal cada vez más frecuente. El famoso «los-las» se ha convertido en una auténtica plaga con una demasía en su uso que desborda la frontera del ridículo con reiteración.

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