La Rioja

CARTA DEL DIRECTOR JOSÉ LUIS PRUSÉN

MAÑANA SERÁ OTRO DÍA

Fígaro satirizó en el ya lejano 1833 la generosa entrega de los españoles al cultivo de vicios tan arraigados como esa cachaza indolente con la que se tiende a aplazar cualquier trabajo enojoso. Vuelva usted mañana. Hace sólo cinco días, el secretario de Estado de Presupuestos rememoraba en Logroño a Mariano José de Larra, aunque sin citarlo. Confirmada la falta de compromiso de las cuentas del Estado con las respuestas que espera la sociedad riojana en materia de infraestructuras, Alberto Nadal fió a un futuro indeterminado la llegada de las inversiones que brillan por su ausencia en el proyecto que acaba de superar su primer trámite en el Congreso. Cuestión de fe.

Estrella invitada en un foro económico organizado por su propio partido, resultaba evidente que el alto cargo del ministerio de Hacienda había sido aleccionado por sus correligionarios locales acerca de la que se le podía venir encima en el coloquio. Era de cajón que el déficit de infraestructuras que aqueja a la comunidad tenía que aparecer, de manera que José Ignacio Ceniceros se apresuró a mencionarlo en su presentación. Daba lo mismo. Nadal sabía que las únicas respuestas posibles tenían que salir del catálogo de obviedades: que si el presupuesto es limitado, que si la inversión pública se recuperará a medida que crezca la economía. Vamos, un ya veremos falto de toda concreción. Y el que venga detrás, que arree.

Las infraestructuras constituyen uno de los indicadores más visibles del grado de desarrollo de un territorio. En alguna medida, informan acerca de las probabilidades para triunfar (o fracasar) en la carrera inacabable hacia la prosperidad que estimula a todas las sociedades responsabilizadas con las generaciones venideras. Por eso no es lo mismo estar al día que ir con retraso en las dotaciones. Y menos aún cuando los avances que se ofrecen a unos territorios por meras razones de coyuntura política son, sin embargo, negados a sus vecinos. Lo de menos es el agravio presente cuando se están poniendo las bases para que el progreso elija determinados caminos en su avance hacia el futuro.

La realidad es tozuda. Y hasta deprimente en La Rioja si se habla, pongamos por caso, del ferrocarril. La línea que cruza la región siguiendo el curso del Ebro, desde Alfaro hasta Haro, fue proyectada a mediados del siglo XIX, cuando la velocidad comercial de los trenes rondaba los 50 kilómetros por hora. El trazado sigue siendo el mismo, con leves mejoras que no evitan invertir al menos 45 minutos en el desplazamiento desde Logroño hasta Haro o Alfaro a través de la conexión más rápida disponible en la actualidad. Y eso sin hablar de la calidad y el estado de mantenimiento del material rodante que se pone al servicio de los riojanos. No se trata sólo de la sustitución, dicen que provisional, del único Alvia a Madrid por un Intercity con menores prestaciones de confort. Es que basta fijarse en la más que cuestionable conservación y limpieza de los trenes regionales.

En semejante situación, al secretario de Estado de Presupuestos no se le ocurre nada mejor que pedir paciencia, más todavía, a los pobladores de esta comunidad mansa y resignada. A falta de recursos, ciertamente escasos en las aparentes postrimerías de la peor crisis que ha conocido España en mucho tiempo, el mensaje de los predicadores del conformismo consiste en pedir más margen de confianza. Lo que tanto se ansía, ya llegará. si llega. Y si no llega, que se encargue otro de explicarlo.

¿Quién pide ahora cuentas a José Blanco por la falsa esperanza que generó al afirmar, en su calidad de ministro de Fomento, que la línea de alta velocidad ferroviaria avanzaría en La Rioja a un ritmo equiparable al que lo hiciera la de Navarra? Cosas de la política. ¿Y quién se atreve a recordar a Ana Pastor, que tomó el relevo del gallego tras el cambio de Gobierno, la promesa de que el Estado asumiría de forma íntegra la inversión en la infraestructura del tren rápido riojano si Europa no financiaba el proyecto? Con estos precedentes, Alberto Nadal, el hombre que tiene que decir «no» a noventa y nueve de cada cien peticiones que llegan a su despacho, sigue pidiendo calma a los riojanos. Pudo añadir, aunque no lo hizo, que tampoco vendría mal que crucen los dedos a la espera de que aumenten los ingresos del Estado y no haya que volver a comprar a diputados de otros territorios los votos necesarios para aprobar los presupuestos. Todo en aras de la estabilidad, claro.

Del artículo satírico 'Vuelva usted mañana' casi todo el mundo recuerda el título, pero casi nadie la última línea, en la que Larra advierte, a modo de desenlace: «Pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!».

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