La Rioja

OJO DE BUEY

Cráneo privilegiado

En los últimos tiempos, las mejores noticias, por no decir las únicas buenas noticias, son prehistóricas. La esperanza de vida inteligente está retrocediendo siglos, miles de siglos, cientos de miles de siglos. Hay que practicar espeleología para llevarse alguna alegría. Los informativos abren, de vez en cuando, con el descubrimiento en cuevas paleolíticas, caso de Chauvet u otras, de pinturas de alucinante rigor artístico, dinamismo cinematográfico y abstracta belleza o -esta misma semana- con el hallazgo de los restos de un cráneo de homo sapiens que peinaba no menos de 300.000 años; en un yacimiento excavado muy cerca de Marrakech, por cierto, como si la muerte de Juan Goytisolo el pasado domingo en esta ciudad marroquí hubiera sido la señal para exhumar un vestigio de la primera imaginación que inventó el fuego y su musa. Y me vienen al cráneo -que, sin duda, sabe más pero también menos que el fósil multimilenario- unos versos de Goytisolo que parecen dedicados al feliz hallazgo: «Autor de la contemplación,/ cráneo tallado por un dios,/ rostro y trabazón corporal imaginados/ al hilo de una vida». Tratándose de Marrakech, no sería raro tampoco que el cráneo perteneciese -precisamente- a El hombre que sabía demasiado, que Hitchcock ubicó en su plaza de Jamaa el Fna. Reconforta -con la que está cayendo- contemplar el origen de la formación de la 'sapiencia'. Esa urdimbre entre saberes prácticos e intuiciones plásticas que fue complicándose hasta fabricar ideas del mundo, a partir de las cuales todo es discutible, claro. Y con frecuencia, irresoluble. Consuela contemplar fragmentos de la humanidad en construcción, viéndoselas con el vacío, con la noche, con el silencio, con las bestias; admirando en los relieves de la gruta la película del día: escenas animales y vegetales animadas por las llamas de la hoguera. De la 'trabazón corporal' -que diría Goytisolo- de aquel ya sapiens o todavía pre sapiens -según Juan Luis Arsuaga, que gestiona y defiende el asombroso think tank de Atapuerca- quedó desenganchada una mandíbula, como esos huesos humanos que suelen encontrar los perros en las novelas policíacas, enterrados en el jardín, y que vienen a reabrir el caso al cabo de los años y, una vez revelado su ADN, a esclarecer identidades. Exactamente unos 100.000 años más de los que creíamos. ¡Larga vida! -hacia atrás- para el homo sapiens. Crecemos retrospectivamente. Observas, en cambio, lo que sucede ahora mismo, varios millones de telediarios después, y cuesta sostener los logros oficiales del progreso, hecha excepción de la imprenta y la penicilina. La mandíbula encontrada es una preciosa escultura, cuarteada como un mosaico antiguo y coronada por una cordillera de dientes, pulidos por las piedras o los huesos. Parece también una hogaza de pan tallada. Emociona, en fin, ante el espectáculo de estupidez y cinismo que a diario ofrece la especie, reencontrarnos con esa mueca, mezcla perfecta entre la máscara de la comedia y de la tragedia, que presenta la reconstrucción digital de la cabeza de aquel hombre, recreada a partir de su quijada, que conservaba todos los datos del pasado, y quien sabe si del futuro. Arsuaga, con todo, echa a faltar en él lo que denomina 'rasgos más típicos de nuestra especie'; a saber: «una frente vertical bien levantada, una mandíbula con un mentón sobresaliente y bien formado y una cara realmente esculpida, más excavada por debajo de las órbitas, en el maxilar». Y por eso opina que no alcanzaría lo sapiens-sapiens. Unos miles de años arriba o abajo. Sin embargo, no hay duda cuando le miras fijamente a la cara, una cara que es como un mapa de las varias 'islas del cráneo' alumbradas entre paredes de la cavidad parietal, en el cerebro, desde el país de Nunca Jamás a King-Kong; no hay duda, digo, cuando la sopesas como Hamlet sopesa la calavera de Yorick, el payaso sabio; no hay duda, concluyes, que el tipo es uno de los nuestros. Pero mucho antes que nosotros.

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