La Rioja

MI BALCÓN

Son los tesoros

Tengo un amigo en Zaragoza a quien conocí en tiempos de la universidad. Estudió la carrera de Derecho y ha ejercido de nada. Bueno, sí, se ha dedicado a recorrer mundo incesantemente, que ya es bastante, como otros se aplican a fabricar tornillos, trabajar en un zoológico o pescar lubinas, pongamos por casos. De vez en cuando sé de él por sus llamadas telefónicas o sus correos. Mi camarada se llama Valero, a la manera del patrón de la ciudad de El Pilar, ventolero y rosconero, y alberga la pasión por encontrar tesoros, casi nada. Se cumple en él aquella expresión ofrecida por el evangelista Mateo: «Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón».

Es uno de esos seres calificados de trotamundos, esa especie que levanta sarpullidos en los apasionados por los sofás. Lector apasionado de Julio Verne, se pirra por las tierras misteriosas, los mundos subterráneos y los pecios que reposan en los mares. Es incapaz de permanecer quieto diez minutos degustando una cerveza en la terraza de una cafetería, mientras masculla palabras sobre cartografía, ciudades secretas, paraísos, desciframientos de jeroglíficos, y luego sale pitando en busca de nuevas experiencias. Se surte de ocupaciones esporádicas y denota que la vida que llevamos aquí le cae muy a desmano. Por eso nos ha dicho que esta vez viaja a la bahía de Chesapeake de Estados Unidos, en el océano Atlántico, explorada y cartografiada por el español Lucas Vázquez de Ayllón en 1526. Valero asegura que en sus arenas sigue el tesoro que Stratton, el capitán del navío Prince Eugene de Bristol, enterró en 1720.

Quién sabe. Si usted se aburre en este tipo de sociedad implantada a orillas del Ebro, contacte con él; vivirá más emociones que los seguidores de Bale, los cuales se limitan a pensar si definitivamente su ídolo va a ser sustituido por Isco en la final esa. Yo, por mi parte, opino que no hace falta viajar lejos para descubrir riquezas; las tenemos bien cerca, reflejadas en muchas personas y numerosos lugares. Incluso tengo una experiencia que viví de mocete una tarde de Viernes Santo, al ir con antorchas a explorar una casa vieja donde mi cuadrilla aseguraba había un tesoro. Hurgué con un palo en la antigua chimenea y a cambio recibí en la cabeza un ladrillo que me regaló sangre por el rostro. Detrás de la puerta de la casa de un amigo vi pasar la procesión, con un Cristo ensangrentado, seguido de la Magdalena, la patrona de mi pueblo, que me sonrió, de veras. Mi madre me limpió con una servilleta antes de que volviera a casa mi padre.

Aquella noche soñé que la Magdalena me vaticinaba que de mayor escribiría un libro sobre ella. Supongo que se refería a que actualmente elaboro una obra acerca de sus fiestas patronales en mi ciudad. Es uno de mis tesorillos. También regresará algún día mi amigo Valero desde Chesapeake, se removerá durante cinco minutos en el asiento de la terraza de una cafetería, mascullará misterios y partirá escopeteado hacia donde está su corazón. Son los tesoros. Los de allá y los de aquí, conste.

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