La Rioja

EDITORIALES

Menos que nada

El presidente de la Generalitat catalana, Carles Puigdemont, reveló ayer la fecha que el independentismo ha fijado para la celebración de un referéndum imposible y la pregunta, igualmente imposible, a la que pretende someter a los catalanes. Tanto la fórmula del plebiscito como la puesta en escena del anuncio resultan elocuentes, porque demuestran hasta qué punto el secesionismo se ha adueñado, incluso formalmente, de las instituciones de la Generalitat, y cómo ha reducido el futuro del autogobierno de todos los catalanes a una cuestión a dilucidar en exclusiva entre los propios independentistas. Es la endogamia soberanista lo que conduce a la ruptura con la Constitución, porque previamente se ha despreciado la pluralidad catalana y la convivencia con el resto de los españoles. A partir de ahí resulta anecdótico -a la par que desconcertante- que el ensimismamiento independentista presente como un gran logro la conciliación interna entre «independencia» y «república». Recreando en la imaginación desconectada la eventualidad de un estado propio para los catalanes acogido a la forma de monarquía, o una república catalana vía referéndum que no resulte del todo independiente. Ayer se representó un mundo de fantasía en absoluto sugerente, porque se basa en el olvido de las necesidades, los intereses y las aspiraciones inmediatas del conjunto de los catalanes. Puede que algunos entusiastas del 'proceso' independentista se sintieran aliviados porque el presidente de la Generalitat fijó la meta en el 1 de octubre y formuló una encrucijada inequívoca. Solo que el referéndum no va a tener lugar por su manifiesta ilegalidad, y la drástica consulta entre el 'sí' y el 'no' a una república catalana independiente queda invalidada de antemano. Puigdemont y la mayoría que gobierna la Generalitat podrán sentirse temporalmente aliviados al evitar que su anuncio de ayer se publique en el boletín oficial. Con ello podrían ganar entre nueve y diez semanas dando a entender que el independentismo cuenta con una agenda bien comprometida. Pero se trata de una mera fabulación; de un carrusel al que todos los de la foto de ayer se apuntan a sabiendas de que la aventura acabará en nuevas elecciones autonómicas. Los reproches a la impasibilidad de Rajoy pueden tener su justificación; pero el balance del independentismo tras cinco años de efervescencia soberanista se queda en menos que nada.

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