La Rioja

La medalla

El Ayuntamiento de Cádiz se ha visto envuelto en un debate de índole teológica, lo que sin duda excede las competencias de un consistorio, y de ahí que dicho debate les quede ancho a sus regidores, que tienen más competencia sobre los asuntos terrenales que sobre los ultraterrenos, de igual modo que es posible que les quede estrecho a los teólogos, que suelen moverse por ámbitos más celestiales y abstractos. El caso es que 6.000 vecinos reclamaron la concesión de la medalla de oro de la ciudad a la Virgen del Rosario y que el ayuntamiento optó por concedérsela, aunque el asunto hubiese admitido una solución genuinamente democrática, a saber: que el ayuntamiento, como medida neutralizadora y neutral, y como método para escurrir el bulto, hubiese promovido una recogida de firmas en contra de esa concesión y que, en vez de los munícipes, decidieran, en fin, los números, que, aparte de ser la base de toda acción democrática, han sido de siempre muy laicos, excepción hecha de la Santísima Trinidad. A falta de información sobre el grado de regocijo que la medalla haya proporcionado a su receptora, podemos sospechar que algunos miembros de la corporación municipal, empezando por el alcalde, han aprendido una lección amarga: que el curso de la realidad trae consigo imposiciones que derivan en concesiones, incluidas las concesiones de medallas a seres mágicos.

Al tratarse -al parecer- de una Virgen de talante progresista, algunos ideólogos de Podemos se han apresurado a justificar el agasajo, fieles a una premisa que en ese diligente conglomerado ideológico va camino de resultar invariable: «Nuestros errores son aciertos». Pero, comoquiera que donde hay un mesías no mandan los profetas espontáneos ni los exegetas subalternos, centrémonos en el análisis del siempre analítico Pablo Iglesias. Como punto de partida -y dando tal vez por sentado que el cielo no sólo se toma por asalto, sino también con medallas-, Iglesias ha dado por hecho que el alcalde de Cádiz «ha manejado de una manera muy laica» el asunto, lo que, aparte de un análisis politológico de vanguardia, supone una aplicación de la sofística a una controversia medio sagrada y medio administrativa. Pero la revelación conmovedoramente sociológica la tenemos en este otro dictamen de tono evangelizador: «Los urbanitas de izquierda tenemos que aprender a respetar esas tradiciones tan arraigadas en el pueblo». Claro que sí: los urbanitas deben hacerse cargo de que los aborígenes gaditanos, con nuestros taparrabos y lanzas, vivimos en junglas y en marismas, idolatrando a dioses de oro y de madera, y hay que tolerarnos las supersticiones, ya que, a pesar de nuestro grado de barbarie, también tenemos derecho a voto. En resumidas cuentas: ¡viva la Virgen del Rosario, patrona potencial de los laicos! O yo qué sé ya.

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