La Rioja

EDITORIALES

Las Glosas como identidad

Conmemora hoy La Rioja sus treinta y cinco años como comunidad autónoma, treinta y cinco años como entidad territorial del Estado español en el que disfruta de cierta autonomía legislativa y goza de importantes competencias ejecutivas y administrativas. Y lo es así porque, en el marco de la Constitución, lo decidieron hace siete lustros los ciudadanos de esta tierra que, como nunca se ha vuelto a repetir, impusieron su voluntad a los planes bien distintos que los grandes partidos, demasiado preocupados con cerrar una Transición más compleja de lo que hoy se recuerda, guardaban para la que siempre se definió como «cruce de caminos» a caballo entre Castilla, Navarra, País Vasco o Aragón. Fue el pueblo riojano y solo el pueblo riojano el que abrió entonces la puerta para que La Rioja llegase a ser una de las 17 comunidades autónomas que, junto a las ciudades de Ceuta y Melilla, conforman hoy el mapa de una España con problemas y defectos pero también moderna, ambiciosa y, en tantos casos, paradigma de las libertades. Conviene recordar hoy el papel de aquellos ciudadanos riojanos, el protagonismo que 'la calle' tuvo en un proceso espontáneo que no tardó el calar y que lo hizo con tanto vigor que la proclamación de Estatuto de Autonomía de La Rioja no requirió demasiada espera, en contra de lo que hoy podría pensarse. Alcanzado el hito, las décadas siguientes han permitido contrastar el acierto de la decisión que hoy casi nadie discute. La Rioja, pequeña en superficie y población, creció hasta ser capaz de medirse con las comunidades grandes exhibiendo las ratios que determinan la renta per cápita, por ejemplo, o aquellas que se refieren al bienestar social, o a la sanidad o la educación más allá de los matices, de las diferencias que cada partido político legítimamente defiende en sus propuestas. Y con esta reflexión no se pretende invitar a la autocomplacencia. Todo lo contrario. Se trata de espolear, de reverdecer aquellos sentimientos identitarios entre quienes ya tuvieron ocasión de defenderlos democráticamente, como de despertarlos quizás como algo nuevo entre los muchos ciudadanos que sólo han conocido esta región como un ente autonómico en lo político, de un razonable progreso económico y social y con una avanzada impedimenta cultural entre las que no faltan una importante estructura educativa y una universidad pública y otra privada que, hoy merece la pena recordarlo, hace no demasiado tiempo no estaban ahí.

El camino recorrido en estos treinta y cinco años no ha sido fácil, desde luego. A itinerarios con el terreno a favor le han sucedido en este tiempo otros, no pocos, escabrosos y con viento en contra. La última década esconde la máxima expresión de esas dificultades que La Rioja, como el resto de España, ha debido vadear, y aún lo hace, no sin un alto coste. Es por ello que cobra singular sentido el imperativo de que la construcción de La Rioja del futuro, la de los próximos siete lustros, pasa por la implicación de los ciudadanos. Implicación en la hora que no debe pasar de la reforma del Estatuto. Implicación en la reivindicación de respuestas en materias como las infraestructuras viarias y las ferroviarias, sobre las que La Rioja ya ha soportado demasiados agravios. O, acaso más anecdótica pero no menos trascedente por la carga simbólica que soporta, implicación ante la reiterada negativa a que San Millán pueda de una vez por todas albergar las Glosas Emilianenses, sin duda patrimonio de esta tierra y uno de los mayores símbolos de su historia e identidad a las que su prolongada ausencia ha convertido en bandera invisible, una bandera cuya demanda es también tarea de todo el pueblo riojano.

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