La Rioja

CAUTIVO Y DESARMADO

Muerte de un héroe

La vida no es justa. Tampoco es injusta. Es lo que es: un continuo de cosas que nos pasan, casi siempre sin propósito, a menudo a pesar nuestro. De los 90 minutos del partido nos pasamos 89 de espectadores, de ésos que aplauden y comen pipas en la grada.

Pero luego, de repente, surge un minuto que te interpela. Llega el momento, tomas una decisión. Y esa decisión te define, te marca y, a veces, te hace una persona distinta de la que eras.

Supongo que la decisión de Ignacio Echeverría fue de ésas que se toman en un segundo. Ves a un tipo apuñalar a una mujer, y qué haces. Te paralizas, huyes como hizo el resto. Qué.

El chico hizo lo que hizo. Simplemente irse para allá, coger su monopatín de madera, intentar defender a la inocente. No sé. Igual hubiera debido pensárselo, salvarse él si podía ya que lo suyo, monopatín contra machete, era una batalla perdida de antemano. Pero no, Ignacio Echeverría hizo lo que hizo.

Y de alguna manera ese gesto nos redime a todos. En Londres, tres hijos de la gran puta estaban ahí para representar lo peor de lo que es capaz el ser humano, al que nadie iguala en vileza cuando se pone a ello. Un asco de gente capaz de odiar sin medida por una idea absurda y torcida de lo que debe ser una religión. Asesinos, crueles, sin alma.

Contra eso levantó el chico su monopatín. Y murió, y eso no tiene consuelo. O quizá sí. Ojalá los que le querían encuentren algo de paz en que murió como un héroe, enseñándonos a todos de paso que otra humanidad existe, es posible. Y que ésa, la de Ignacio Echeverría, es una humanidad mejor. Una por la que merece la pena esta vida.

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