La Rioja

Louise Villedieu

Louise Villedieu fue una puta que un día acompañó a Charles Baudelaire al Museo del Louvre. «Una puta de a cinco francos», la definió. Al cambio, quiso decir que era barata. Baudelaire escribió 'Las flores del mal' -«En París, su desierto, viviendo a la intemperie, / fuerte como una bestia y libre como un Dios»- y lo criticaron como si aquello fuera una atrocidad moral. Quizás porque no sea otra cosa un museo que una cama silenciosa y sin tocarse, el escritor decidió llevar a la furtiva mujer de su alcoba y enfrentarla a las paredes de aquellos sacrosantos pasillos.

Cuenta Baudelaire que de pronto, al transitar entre las obras de arte, Villedieu comenzó a agarrar más fuerte su brazo, a susurrar y a taparse la cara con vergüenza. Estaba, en resumen, escandalizada, por encontrar en aquellas esculturas y en los lienzos, pechos al descubierto, cuerpos sin ropa o con poca y escenas de pasión desenfrenada. Quien ganaba el pan desnuda no entendía el desnudo visto en el arte. Baudelaire explicó con esta escena el moralismo cultural imperante en aquella sociedad francesa de mitad del XIX y del que yo me pregunto si no ha crecido, no ya con el desnudo, pero sí con todo lo demás.

Usó el genio francés la historia de la prostituta para desenmascarar a todos los que critican un supuesto defecto que ellos mismos engrandecen con sus actos. La sociedad, así en general, instalada en la cantinela del escándalo magnificado, impostado y coñazo. El escándalo jartible, Pedro y el lobo elevado a semejante potencia en la que uno desea que el lobo termine por comerse al pesado de Pedro. Es Villedieu ese que firma para que no sacrifiquen a la vaca Margarita y después se come dos hamburguesas que venían en la bandeja del lineal del supermercado, el que clama contra los mercados y pone su pasta en el banco al ocho por ciento. Es Louise Villedieu el que pide ejemplaridad a los políticos y contrata en negro a sus trabajadores, el que exige coherencia en la elección del refresco de un senador y después mete en el IVA la factura comida con los sobrinos. Todos esos son Louise Villedieu, sustento de este país que se llama España y que es una enorme paja en el ojo ajeno.

Es Villedieu el santurrón que delante de la mujer se eriza escandalizado cuando los adolescentes de la línea 4 del Metro de Madrid chocan las dentaduras al besarse con las bocas desencajadas -gloria a Dios en las alturas- y después se desfoga en las casas de putas de las afueras. También el que considera una salvajada asesina la quintaesencia del coraje de Paco Ureña y el tercer Victorino en Las Ventas, y cuando en el jardín de casa, ebrio de alcohol, despedaza con sus propias manos los cadáveres carbonizados de animales, chupa de sus dedos el sebo derretido de los cuerpos y se atreve a llamarle a eso barbacoa con amigos. Todos esos son Villedieu. Incluso yo mismo en este momento, escandalizado del escándalo, esté siendo un poco Villedieu. Mis disculpas.

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