La Rioja

Efectos del terror

El ataque yihadista del sábado noche en el Puente de Londres, que causó la muerte de siete personas y un gran número de heridos de gravedad, y la unánime condena de la matanza a nivel internacional, dio paso inmediatamente a un cruce de reproches que dejó en nada la suspensión de la campaña electoral en el Reino Unido. La advertencia de Theresa May, de que se había sido demasiado tolerante con el extremismo, podía estar cargada de razón, pero contenía una dosis tan crítica e indefinida hacia el pasado reciente que acabó volviéndose contra ella. La petición de dimisión que lanzó Jeremy Corbyn, acusando a la 'premier' de haber recortado los recursos policiales en su paso por el ministerio de Interior, sonó tan áspera que se dejó llevar por la provocación de los propios terroristas. Las sociedades democráticas y las instituciones que son objetivo de la violencia fundamentalista se debaten siempre entre la necesidad de permanecer unidas frente a la amenaza y la pulsión por discutir libremente sobre la naturaleza del terror y las respuestas que demanda. Los españoles sabemos hasta qué punto resulta imprescindible mantener un equilibrio propicio al consenso en la materia, huyendo de cualquier utilización partidista del dolor y del miedo. Por otra parte, es posible que el Reino Unido debiera revisar sus procedimientos en cuanto a la distante colaboración que mantiene en materia anti-terrorista con sus países vecinos, especialmente ahora que con el 'brexit' las reservas en el intercambio de información corren el riesgo de ser mutuas. Ni el perfil personal del yihadista europeo, ni su arraigo social y familiar, ni su trayectoria activista, ni sus demostraciones de fe obedecen a un patrón único y común a todos los países y en todos los casos. La ruptura de relaciones de Arabia Saudí, Egipto, Emiratos Árabes, Bahrein, Yemen, el gobierno de Baida en Libia y Maldivas con Qatar recordó ayer, a menos de dos días tras el ataque del Puente de Londres, hasta qué punto la inestabilidad en Oriente Medio constituye un trasfondo de intereses que, cuando menos, se muestran indiferentes a la actividad del yihadismo en Europa. Trasfondo que reclama una política exterior y de defensa de mayor entereza y coherencia por parte de los gobiernos occidentales para impedir que el terrorismo se asiente como emanación del conflicto permanente.

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