La Rioja

Terror en Londres

Un nuevo atentado -con un mínimo de siete ciudadanos asesinados- se añadió el sábado en Londres a los dos que han ensangrentado el suelo británico desde el 22 de marzo en la capital y la matanza de Mánchester hace un par de semanas, que habían dejado ya 27 muertos. Todos los ataques son de inequívoco origen islamoterrorista, pero eso no hace necesariamente creíble que hayan sido ideados y ejecutados por militantes del así llamado Ejército Islámico que combate contra una amplia coalición de gobiernos árabes y occidentales en varios países de Oriente Medio, Africa y Asia. De hecho, el último de ellos, el de anteayer en Londres, parece obra de tres terroristas autoobsesionados, mal armados y de un fanatismo equivalente en su locura homicida a un sacrificio por una pretendida causa del Islam, en realidad nunca bien teorizada ni convertida explícitamente en una propuesta social capaz de competir con otras en el ruedo electoral. Esto es puro fanatismo cuyo auge hay que encontrar en registros psicológicos de sus autores, claramente relacionables con el estatus profesional, el desarraigo social y los nuevos e inquietantes hábitos estimulados por el acceso a los medios digitales de información repletos de exhortaciones directamente delictivas y sangrientas en defensa de una pretendida persecución del Islam. En casos extremos los autores se autorreconocen como mártires. El ataque del sábado confirma el grado de locura radical y extremista a que han llegado algunos musulmanes devotos y la tosca realización de los ataques (una furgoneta alquilada y cuchillos de carnicero) parece sugerir la certeza de los autores de que serían muertos por la eficaz Policía británica, en máxima alerta tras los atentados previos y en plena campaña electoral ante los comicios del jueves. Ni que decir tiene que el Gobierno, con el respaldo total de la opinión, ni se ha planteado suspender la elección del nuevo parlamento, bandera y residencia de la vieja y sólida democracia británica, y en el que habrá, por cierto, unos cuantos diputados de confesión musulmana. Sobra decir que este río de sangre solo conseguirá seguir rebajando la estima social de un colectivo bien integrado hasta hace poco tiempo y, lamentablemente, dará alas a los movimientos ya abiertamente antiislámicos contra los que claman alarmados musulmanes británicos de prestigio y autoridad reconocidos, como el alcalde de Londres, Sadiq Khan, de origen paquistaní, quien ayer describió los ataques contra el Islam de, «sobre todo, cobardes».

El Gobierno británico dispone y dispondrá de toda la asistencia técnica y política de Washington y de la Unión Europea, que aborda este dosier por completo al margen de la decisión británica de abanderar el club europeo y la primera ministra, Theresa May, probablemente se equivocaría haciendo una explotación electoral del cruel atentado. El asunto solo puede ser abordado desde una visión bipartidaria al margen de prosaicos intereses de corto plazo como, juiciosamente, hizo la clase política cuando el Reino Unido conoció una terrible ola de atentados terroristas del IRA en el marco del conflicto norirlandés. Grandes países de la UE, como España o Alemania, han sufrido también, y en proporciones mayores, el azote del terrorismo islamista y manejan el crítico expediente con una mezcla de eficiencia policial y solidaridad europea y, desde luego, desde la fortaleza democrática que dirime sus asuntos votando. Londres merece tener hoy -y tiene- toda la cooperación europea y norteamericana que necesita y la solidaridad que genera el genuino dolor que supone la pérdida de vidas de inocentes a manos de desalmados dementes que, no obstante, ni allí ni aquí prevalecerán.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate