La Rioja

Pedro (Sánchez) el Cruel y la batalla de Nájera

Cuando Felipe González comparó en abril al candidato socialista Pedro Sánchez con el Pedro el Cruel, estaba refiriéndose a la complejidad sicológica de un personaje al que todo sevillano conoce muy bien.

Sevilla era la gran ciudad de Pedro el Cruel, llamado Justiciero por sus partidarios. A él se debe la construcción del Alcázar, al estilo de la Alhambra de Granada. Sevilla está llena de leyendas sobre el seductor último rey de la casa de Borgoña y en Sevilla reposan sus restos, después de un largo periplo por España, desde que fue asesinado por su hermano bastardo. Como es sabido, este hermanastro era Enrique de Trastámara, el primer rey de la dinastía que acabaría unificando los reinos de España.

Los partidarios de Pedro tienden a justificar sus actos de crueldad diciendo que alguien tenía que poner ya fin al poder de los barones del momento, las grandes familias de la aristocracia castellana. Pedro el Cruel sería entonces muy moderno, pues se apoyaba en el pueblo y buscaba fortalecer al Estado frente al feudalismo. La crueldad era la única forma de apuntalar su poder regio contra sus oponentes, comenzando por la larga prole Trastámara, que se levantaron muy pronto contra él. Era, además, todo un ejemplo de multiculturalismo, pues contaba con el apoyo de musulmanes y judíos. De hecho a los seguidores de Pedro se les conocía como los emperejilados, pues se decía que Pedro no era legítimo sino hijo del judío Pero Gil.

En el siglo XIX, desde la mirada romántica que reescribe la historia, todas estas críticas se convirtieron en alabanzas a un rey verdaderamente cosmopolita y popular. Y quién sabe qué pasará en el futuro, si la historia del 'sanchismo' acaba triunfando. Sánchez dejaría también de ser el Cruel para ser el Justiciero. No sería por tanto lo de Felipe González un insulto contra Pedro Sánchez sino un aviso a navegantes en un momento oportuno como es el de las elecciones del secretario general.

La coincidencia de las fechas de esta declaración de González con el 650 aniversario de la batalla de Nájera me ha animado a escribir estas líneas. Fue una de las batallas más sonadas de la historia medieval española, en la que se pusieron en juego los destinos de España y de toda Europa. Fue el 3 de abril de 1367, de sol a sol, y se conoce como la batalla de Nájera, aunque el choque fundamental tuvo lugar en términos municipales de Huércanos, en la zona cercana al Alto de San Antón. Todavía se conservan topónimos que hacen referencia a la batalla: Rivarrey, Negriales o Vallesanguina, donde tuvo lugar la mayor masacre. Más allá de localismos en discusión, hay que situarla en el contexto europeo, como un episodio de la Guerra de los 100 años entre Inglaterra y Francia. En España sirvió para demorar la 'revolución Trastámara', pues Pedro el Cruel salió victorioso contra su hermanastro. Enrique tendría su revancha dos años después, en la batalla de Montiel, donde otro perdedor de Nájera, Beltrán Duguesclin, acuñaría la famosa frase «ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor».

El héroe de la batalla de Nájera fue Eduardo, príncipe de Gales y de la Guyena, llamado el Príncipe Negro por el color de su armadura y por el respeto que imponía su fama de guerrero invencible y sin escrúpulos. Pero la victoria de Nájera le sirvió de muy poco. Se había empeñado en una causa perdida que solo trajo la ruina para sus finanzas y para su salud. La victoria de Nájera sería de hecho una maldición que le acompañaría hasta el final de su vida. Por falta de fondos perdió la Aquitania y por la enfermedad que contrajo en Nájera, ya nunca llegaría a gobernar.

No es casualidad que Arthur Conan Doyle, en su novela histórica La Guardia Blanca, que narra las aventuras de los soldados que acompañaron al Príncipe Negro a la batalla de Nájera, no nombre una sola vez a esta localidad, como si quisiera con esta omisión exorcizar sus maleficios, cambiar de alguna forma el curso de la historia. De hecho, podríamos hablar de la amarga victoria de Nájera, pues lo fue así tanto para Pedro el Cruel como para el Príncipe Negro; y por supuesto, para los que cayeron ayudando a Enrique el Temerario, que cometió el error de enfrentarse a campo abierto contra el mejor ejército del momento, a pesar de los consejos disuasorios de Duguesclin y del rey de Francia. Aunque Enrique pudiera resarcirse después, y matar a su hermanastro, la de Nájera fue una de las más sangrientas batallas de la Edad Media, en la que todos salieron perdiendo. También Carlos II de Navarra, que apoyó por interés a Pedro, sin que el Cruel estuviera nunca conforme con este apoyo; y sufrió después las consecuencias de la venganza Trastámara y la invasión del Reino por las tropas castellanas. El papel de Carlos el Malo, en Nájera, podría ser equiparable al de Pablo Iglesias en esta batalla del PSOE, del mismo modo que Mariano Rajoy desempeñaría el del impasible Pedro IV el Ceremonioso, teóricamente neutral en el conflicto, pero igual de intrigante en su apoyo oculto a Enrique de Trastámara.

Termino así con la comparativa política de Felipe González, que bien podía desempeñar el rol del Príncipe Negro, cambiante en su apoyo a Pedro el Cruel, al que abandona a su suerte después de la victoria en Nájera: en el duelo por la secretaría general del PSOE no se sabe si ganará Pedro Sánchez o Susana Díaz. Lo que parece seguro es que perderá el partido. Y es a este peligro, el de la guerra interna, al que se refería sin duda Felipe González en su comparación histórica sobre Pedro -Sánchez- el Cruel. Veremos quien escribe la historia en adelante. Y si hay tal revolución Trastámara en el PSOE y en el gobierno de España; o, gane quien gane la batalla, deja de haber PSOE, y tal vez también España, porque volvemos a la época de los viejos reinos constantemente enfrentados, lo que también podría ocurrir.

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