La Rioja

MI BALCÓN

¡Hola, guapo!

El otro día, paseando por el Madrid de los Austrias (me encanta servirme de estas expresiones tan tópicas), al pasar por delante de una tienda de chuches, me pareció oír la frase «¡Hola, guapo!», emanada de una máquina exterior que contenía bolitas de dulce. Quedé levemente sorprendido porque delante de mí transitaba toda una excursión de japoneses y el artefacto de las golosinas no había emitido ninguna manifestación saludadora para con el grupo de orientales, conducta un tanto insólita en una villa tan turística. Extrañado, entré en el comercio y pregunté a la muchacha del mostrador por el suceso, la cual me explicó que se trataba de un ingenio colocado ahí hace unos tres meses que nunca había hablado y que tenía la propiedad de detectar y saludar únicamente a las personas dotadas de cualidades excepcionales, en mi caso la belleza externa (según ella). Levemente conmovido, di las gracias a la dependienta y continué caminando mientras degustaba el sabroso bocadillo de calamares adquirido en un bar cercano a la Plaza Mayor.

A partir de ese momento en que recibí el piropo por parte del artilugio mi paseo fue mucho más agradable y avancé tarareando la canción de los Colwell. «¡Viva la gente!, / la hay donde quiera que vas; / ¡viva la gente!, / es lo que me gusta más. / Con más gente a favor de gente / en cada pueblo y nación / habría menos gente difícil / y más gente con corazón». Ocurre, simplemente, que escuchar unas palabras cariñosas en la vida -aun originarias de un artefacto- alienta nuestro camino. Un sencillo buenos días pronunciado por una persona al subir al autobús, en la salita de un centro de salud o cuando nos disponemos con nuestros nietos a comer en un restaurante, nos impulsa a creer que una humanidad mejor es posible. No cuesta tanto.

Pienso que la mayoría de nosotros podemos, sin embargo, constatar que actualmente las costumbres ciudadanas no van por ese camino. La solución quizá no se halle en sembrar de máquinas saludadoras nuestras calles; menudo lío. Cada ser humano alberga en su interior un comercio desde cuyo mostrador puede elegir ofrecer a los demás -los clientes- una sonrisa o un saludo complaciente que haga más positiva la sociedad en que vivimos.

He de ir a Barcelona la próxima semana. Como siempre, entraré en Santa María del Mar, marco incomparable (me embelesa emplear estas expresiones tan manidas). A ver si, mientras avanzo manducando un bocadillo de calamares, de una tienda de golosinas asoma una voz: «¡Hola, guapo!». Quién sabe; quizá obtenga la sor-presa (¿entienden la palabra?) de que la dependienta me asegure que el trato proviene de una madre superiora, catalana desde luego, muy acostumbrada a este trata-miento (¿comprenden el vocablo?) tan lucrativo. Qué bien resulta esto de ser tan apolíneo. Te ocurren cosas maravillosas.

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