La Rioja

¿DÓNDE LO PONEMOS?

La historia describe y a veces escribe con renglones torcidos una de las formas en que sucedieron las cosas: precisamente en las que sucedieron. Ahora, por si no tuviéramos más conflictos inminentes, estamos atareados con desalojar al general que llegó a ser tan importante que le llamábamos generalísimo. Un superlativo que duró una larguísima temporada. Ahora, el Congreso pide sacarlo del tétrico Valle de los Caídos, donde picaron piedra los que cayeron. Se aprobó anteayer, con 198 votos a favor y 140 abstenciones, esta antigua discusión entre los difuntos, hay que desahuciarlos. La decisión sobre el alojamiento va a traer otras, que ojalá no traigan más muertos. No es vinculante, pero políticamente representa una amplia mayoría de la Cámara. No hubo votos en contra. Incluso el PP se abstuvo, pero el difunto es un vivo para muchas personas ¿Dónde vamos a meter los restos mortales de los que algunos creyeron que era inmortal, aunque no tuviera una idea muy clara de cuándo debía morirse?

Se dice que en tiempos de aflicción no hay que tener mudanza, porque eso de trasladar cadáveres tiene mucha tarea. La exhumación del dictador está en manos del Ejecutivo y no ha habido votos en contra. Incluso el PP se ha abstenido. El problema es dónde ponemos al muerto. Si se le lega a la familia se puede convertir en un lugar de peregrinación; los que irán a conmemorar la fecha y los que irán a maldecirla. Por eso, Julián Marías, que era un ejemplo de decencia, hablaba de los «injustos vencedores y de los justamente vencidos». Hay muertos que no tienen sitio y no pueden descansar en paz, pero en alguna parte hay que enterrarlos. ¿Dónde podemos enterrar a este muerto para que nos deje vivir en paz una temporada? El olvido no existe y la memoria histórica sufre un alzheimer muy desigual.

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