La Rioja

LAS LICENCIAS

Ains, ya sé que llego un poco tarde. Esta columna tenía que haber llegado hace unos días, cuando los taxistas de Logroño (y los de media España) acababan de cortar las calles con sus impolutos vehículos blancos para protestar en defensa de sus derechos y en contra de la llegada de, en fin, eso que viene para amenazar dejarles sin pan: Uber, Cabify y otros del pelo.

No seré yo quien critique a un gremio que se agrupa para defender lo suyo. En estos tiempos ya va siendo una rareza. Y he de decirles que tienen ustedes razón en una cosa: si a ustedes les cobraron una pastizara por poder hacer su trabajo, ahora no es justo que otros lleguen sin pagar un tarín y hagan ese mismo trabajo.

Pero también he de decirles, sin temor a contradecirme, que a la vez están ustedes equivocados. Y no por culpa suya. Su derecho de ustedes a proteger su modo de trabajo adquirido tan arduamente colisiona frontalmente contra mi derecho a obtener ese mismo servicio, con la misma calidad y por menos precio. Cosa que en tiempos no era posible, pero que ahora sí.

Estamos, pues, en un conflicto: su derecho de ustedes, que no niego, y el mío, que también defiendo. El problema es otro, y no es sólo suyo. El problema es que, a esas alturas, haya sectores que estén regulados mediante una licencia; que el gobierno equis tenga que darme permiso a mí para trabajar en lo que quiero.

Entiendo que esto tiene que acabar. No es lógico, no es normal, no es justo. Pero también creo, repito, que a ustedes no se les puede dejar con el taxímetro al aire. Esto ha de acabar, pero ustedes merecen una solución que no sea irse a la ruina. Digo yo.

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