La Rioja

La vivencia del paisaje

Con creciente prisa esta civilización se aleja de sus fuentes, de todo lo que la hace posible. Apenas se presta atención a una de las premisas básicas de la vida que es la no separación entre el continente y el contenido. Muy al contrario, la inmensa mayoría vive como si levitara, es decir, por encima de los aires y las aguas, vive, es más, como si no tuviera que pisar la tierra donde escarban las raíces de infinitas plantas que apuntalan la casi totalidad de lo que palpita en este mundo.

Sin duda, para que arrecie la progresiva ceguera, que a tantos afecta, ha tenido mucho que ver el que nunca, antes, algo tan pequeño como las pantallas haya sido considerado y utilizado como el primer alimento de las miradas. Tienen luz, aparentemente propia, y en su seno se mueven diminutas realidades a toda velocidad. Como muchas de esas pantallas, las diminutas, las llevas puestas como la camisa o están delante del sillón, potencian lo más consagrado de estos tiempos: lo veloz y la comodidad. Son fascinantes, no cabe duda, pero para algunos, mucho menos que los amaneceres y los atardeceres, que el brotar de las aguas y las hojas, que los cantos de la brisa y de las primaveras, que la fertilidad de la tierra. Consideramos, sencillamente, que la vida es el más bello, sabio y ético espectáculo del universo. Ese, que si lo contemplas, al menos de vez en cuando, te complace, instruye y anima a trabajar para que continúe.

No reconocer la procedencia conlleva, casi siempre, a despreciarla y, de inmediato, agredirla e incluso destruirla.

Vivir sin paisajes es norma. Mucho más aún el considerar que no tenemos vínculos con ellos. Contemplar al derredor para admirarlo y acaso comprender algo es tan minoritario que apenas pesa en el otro plato de la balanza. Y todo paisaje no vivido, ni sentido, está de alguna forma condenado.

La formidable merma de vivacidad que padece el planeta, el cambio climático, la sexta gran extinción, las encadenadas contaminaciones de los elementos esenciales, las prisa y sus ruidos, la comodidad y sus tiranías, provienen en su mayor parte del haberse emasculado de los panoramas, de los ciclos básicos de la vida, de los procesos ecológicos esenciales y de una de las más gratas, gratuitas, sencillas y enriquecedoras vivencias, insisto, que podemos practicar: vivir con y no contra el paisaje.

A lo que se suma otra de las enterradas certezas. Porque todo lo que llamamos paisaje sabe perfectamente vivir sin nosotros, lo ha hecho durante miles de millones de años. Por el contrario este contenido, los humanos, que se arroga la arrogancia de pretender vivir sin su continente, no puede vivir, ni tan siquiera unos minutos si le falta alguno de los elementos básicos para su propia vida que exhalan precisamente esos paisajes.

Saberse dependiente de lo que te rodea no limita sino que asegura sensibilidad, conocimiento, convivencia, y no menos, verdadero desarrollo, tanto cultural como económico.

Ser parte del todo, reconocerte en suma como lo que eres, es lo que más te acerca a ese todo. Incluso cuando se quiere ser la mejor parte de algo, como conlleva la condición humana, se necesita de ese todo, por una vez de todos, que es el paisaje.

Que la vivacidad de los paisajes nos atalanten.

(*) El naturalista Joaquín Araújo ofrece hoy, a las 19.30 horas, en el Ateneo Riojano una conferencia titulada 'Paisajes vivos', dentro del ciclo 'El medio ambiente en la encrucijada', que organizan la asociación Amigos de la Tierra y la Universidad de La Rioja.

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