La Rioja

Caminamos, pero... ¿hacia dónde?

La sobrepoblación y el gasto acelerado de materias primas, junto con otros fenómenos como la contaminación, la escasez de agua, el aumento del nivel del mar y los desastres naturales a causa del calentamiento de la tierra, son signos que amenazan nuestro futuro.

Y mientras tanto, quienes tienen en su mano el poder de hacer algo que aminorase los riesgos, se ocupan sobre todo de sus propios intereses y propician que las desigualdades económicas y sociales se acrecienten.

Al decir todo esto me vienen a la cabeza las palabras de Konrad Lorenz, cuando avisó del estrangulamiento de nuestra especie.

Esta visión catastrofista de la actualidad y del posible devenir humano nos deja paralizados, pero no nos exime de intentar entender aunque sea parcialmente lo que nos está ocurriendo.

Y como comprender lo que nos sucede es un paso imprescindible para cualquier cambio individual, y por ende también colectivo, me atreveré a nombrar algunas ideas que me están rondando por si al escribirlas me ayudaran a entender algo.

Entre otras cosas, veo como nuestro particular estilo occidental y capitalista nos ha llevado a presumir de un modelo de vida consumista y que, según hemos llegado a creer, no tiene alternativa. Sin embargo, después de hacer constante publicidad de nuestra organización y bienestar social, parece que no acabemos de comprender y menos de aceptar, que las personas que habitan los países más pobres o conflictivos deseen vivir tal como les hemos enseñado que «ha de hacerse». Y en respuesta a sus deseos, y como son unos locos que se juegan la vida para conseguirlo, por todas partes levantamos muros para tenerlos a raya.

Por otra parte, al lado de nuestras casas crece sin parar un cuarto mundo de miseria que pasa frío, que rebusca en contenedores y cuyas condiciones de vida sabemos que se perpetuarán en la pobreza social e intelectual de sus descendientes.

Los que tenemos cubiertas nuestras necesidades, ¿no nos estamos acostumbrando a vivir rodeados de ese tercer y cuarto mundo? Y lo que puede ser aún peor, parecemos habituados a convivir con el proto-mundo de los grandes grupos financieros y con el sub-mundo formado por delincuentes de todo tipo, y en el que caben los criminales de cuello blanco junto a los de cuello color sangre. Y me pregunto, ¿por qué hemos llegado a tener menos miedo a esos mundos, regidos por el propio interés, el poder y el dinero, que a los colectivos que de todo carecen? ¿No será que ese quinto y sexto mundo utilizan nuestros miedos para hacernos creer que la amenaza son los necesitados de asilo y protección, mientras a ellos les dejamos las manos libres para seguir tejiendo redes y multiplicando trampas que nos empobrecen? ¿No son ellos, y no las poblaciones desfavorecidas, los culpables de la escalada de desigualdad, de terrorismo y guerras?

Y ante esta realidad, ¿qué ha hecho y hace el poder político, del que se esperaba capacidad de control de las situaciones de abuso? ¿Qué ha ocurrido para que los políticos hayan perdido tanto poder y se entretengan en asuntos que apenas inciden en las verdaderas preocupaciones humanas? ¿Es que en la práctica las decisiones políticas se ablandan ante las insinuantes advertencias procedentes de ese quinto y sexto mundo? Porque si no, ¿qué pasa para que crezca la corrupción mientras no se pone freno al entramado financiero por donde se escapa lo robado? En resumen, hay gran desconfianza en que los poderes tradicionales alteren el proceso de descomposición social que nos amenaza.

Por otra parte, tanto en los países y regiones como en entornos más reducidos pero no por eso menos decisivos, parece jugarse al «divide y vencerás».

La división de la población de EEUU desde el triunfo de Trump, de Gran Bretaña desde el 'brexit' y de Cataluña desde alianzas entre grupos esencialmente dispares nos presentan, como cualquier otro análisis que divide en dos la realidad, una imagen dicotómica y simplificada que oculta tanto las necesidades de la población como su composición, altamente desigual y fragmentada.

Este panorama me deja sin aliento y vuelvo al punto de partida.

Entonces, ¿qué podemos hacer para que mejore cualquier aspecto de los señalados? Quizá la única salida sea escuchar las voces que nos animan a modificar lo micro, «lo local», que es el único espacio sobre el que podemos tener alguna influencia.

En este sentido, es esperanzador enterarse de que por todo el mundo existen grupos de personas que sin despreciar los avances de la tecnología y sus redes de comunicación, están intentando desarrollar una forma de vida alternativa, donde las relaciones entre las personas y con el medio ambiente sean de respeto.

Algunos de ellos se dedican a prestar su apoyo a colectivos en situación extrema; otros rescatan pueblos más o menos abandonados y se organizan para que la vida en ellos sea amable, y otros más permanecen en las ciudades, generan movimientos de inclusión y pelean porque su voz sea escuchada por los políticos locales, quienes demasiado a menudo no controlan debidamente los gastos superfluos de sus administraciones.

Son grupos que abanderan la reducción del uso de los coches en las ciudades, el consumo responsable, la compra de productos de temporada y de producción local, y que defienden los suministros a granel y la reutilización de envases por encima del reciclaje.

La confianza en que las poblaciones jóvenes logren modificar nuestros hábitos cotidianos y hacer que lo cercano mejore, quizá sean los combustibles que impulsen el motor de un cambio que nos transforme, aún con la lentitud que caracteriza a los procesos colectivos.

Y que nadie se atreva a robarnos esta esperanza porque, como nos dijo John Berger, «el mundo es tolerable hasta que no se niega la posibilidad existente de transformarlo».