La Rioja

Entre dos paraísos

El grupo Paisajistas de La Rioja está reportando a nuestra plástica muy plausibles logros, sin darse el pisto de otros que van de intelectuales, sin pasar de seudo o de oides, y se ponen moños que dan por el sieso, a mayor gloria de su «ingenio» y a socapa de la ingenuidad del espectador.

De los trece miembros que lo forman trato, menos de lo que me gustaría, a Soldevilla, Amelivia, Fdez. Alonso 'Teju', Valderrama y Casis. Entre los cinco acaparan casi todos los premios de pintura rápida que se otorgan en nuestra Comunidad a lo largo de los meses en que el astro permite tal actividad, a más de haberse alzado con otros muchos en varios lugares de España. Sin tardanza volveremos a encontrárnoslos afanándose ante sus caballetes, dando animación y pintoresquismo a muchos de nuestros pueblos, y descubriendo a los lugareños bellos rincones y horizontes esplendorosos en los que, absortos en el afán diario, no habían reparado. Unos artistas sin el carcomiento de la envidia, que se enseñan entre ellos y nos orientan a mirar la belleza que nos pasó desapercibida.

A raíz de que parte del grupo se reuniera para tratar de las salidas que van a hacer al campo, en cuanto esta remolona primavera lo permita, y concretar los concursos a que van a presentarse, hablé con José Ignacio Casis en la sociedad gastronómica La Trastienda. En ella, el pintor Pepe Calle, anfitrión atentísimo, nos mostró las acogedoras estancias y varias curiosidades, como un Libro de firmas en el que, entre otros personajes celebérrimos, el 9/12/1996 estampó la suya Joaquín Sabina, dejando escrito: «Sólo hay dos cosas importantes /en la vida. /Una es la comida en la trastienda. / Y la otra./No es tan importante».

Me enteré que Casis, nacido en Lardero en 1957, cuando todavía no había sufrido la tormenta hormonal de la adolescencia ya había empezado a estudiar Dibujo, Pintura y decoración en la Escuela de Arte y Oficios de Logroño, y antes de cumplir los 20 años dio en participar en concursos y exponer, percatándose que eso no daba para vivir, que había que buscarse el sustento en otra actividad. Lo encontró en la dulcería y, dedicado a ella, logró el afianzamiento económico y poder permitirse volver a la pintura en los ratos libres, de los cuales se muestra cada vez más avariento.

Casis se ha entregado principalmente al bodegón y al paisaje, con pincelada «amplia, suelta y colorista», según el sentir de Trujillano, y atrevida y sabia, según mi modo de ver. «Plenairista» y luminista de muchos quilates, todavía no ha logrado vivir de la pintura, pese a no haber habido concurso en La Rioja del que no se haya llevado algún premio. Limitación compensada por una vida que transcurre entre dos paraísos: el campo, paraíso para los adultos que vivimos en la ciudad, donde sale a pintar; y la tienda de golosinas, de la que es propietario, paraíso para los niños. Bueno, para los niños y para los que no lo son, pues en ella se puede comprar una caja de bombones envuelta en una nota de color original del artista, a precio que el bolsillo no se resiente, regalo óptimo para cualquier mujer sensible. Los bombones aumentarán sus endorfinas y encandilarán su libido, y el papel con las flores pintadas, convenientemente enmarcado, quedará como recuerdo imperecedero. Se unirán así lo material y lo espiritual, desiderata de toda relación amorosa.

Gozosamente empeñado en divulgar la pintura, Casis ha logrado que vaya para siete años el que, a primeros de octubre, los profesionales de la Zona Comercial Noveno Centenario de Logroño sorteen los primeros premios de un concurso de pintura entre los clientes a quienes han regalado los boletos.

Los cuadros encargados a nuestro artista por la condesa viuda de Ripalda decoran hoy las casas familiares de Soria y Garray. Representan un patio privado en el que el díscolo Froilán Marichalar se solazó de niño engullendo las chucherías que la abuelita y papá compraban a Casis. Pero no ha de desazonarnos la privacidad que impide admirar esas excelentes obras. Otras de similar laya y más lograda madurez pueden contemplarse, hasta el 30 de abril, en el Museo del Torreón de Haro. Son pura delicia.