La Rioja

GRACIAS, DANI

En realidad no sé si te llaman Dani. Los amigos, ya se sabe, van y te ponen el primer mote que se les ocurre, y con eso te quedas para los restos. Y más si vives en un pueblo: a un antepasado mío que vio venir una compañía de requetés por la carretera de Logroño a Fuenmayor no se lo ocurrió otra cosa que bajar la cuesta del cementerio gritando «¡que vienen los calitras!». Y 'calitras' somos. Pa siempre.

Pero a lo que iba, Daniel, que me disperso. Te llamen como te llamen tus amigos, sólo les puedo decir una cosa: que se honren en tenerte como tal.

Dices que no lo pensaste mucho. Que cuando hiciste lo que hiciste fue una cosa instintiva. Y que quieres que te diga, eso en realidad es más a tu favor. Cuando saliste a aquel pasillo vacío y viste cómo un enajenado golpeaba con saña a una mujer indefensa en el suelo, botella de oxígeno en ristre, fuiste y te interpusiste porque te salió así de dentro. Y como, por pura física, de dentro no sale lo que uno no tiene guardado, hay que deducir que por ahí dentro, Daniel, tienes cosas bien buenas.

En fin, oye, que todo tiene su valor. Lo grande y lo pequeño. Todos los días (o casi) nos encontramos por la calle con alguien que parece empeñado en jodernos el día. Ya sabes de quiénes hablo: de esa peña que te ladra más que te habla, de ese conductor tontolaba, de ese mezquino que te escatima hasta el saludo, que es gratis.

Pero de vez en cuando vas y lees que un chaval que estaba ahí para cuidar de su madre probablemente le ha salvado la vida a una desconocida. Y piensas: coño, igual hasta tenemos futuro como especie. Gracias, chaval.