La Rioja

ALMAZUELAS DE BARRO

Robot robota

El grito coactivo clásico de «la bolsa o la vida» ha sido sustituido por el mucho más depredador de «la contraseña o la vida». Dice la Señora de la Limpieza de la Lengua que contraseña es una palabra con sonsonete militar, un signo que, juntamente con un santo y una seña, asegura el mutuo reconocimiento de personas, rondas y centinelas. Que abre puertas o da con la puerta en las narices. La contraseña en el actual embolado tecnológico es un combinado de letras, números, signos, símbolos, dígitos, alegorías, botones que abren -y cierran- todas las cuevas, las mágicas y las de andar por casa. Puertas blindadas, cartillas de ahorrillos, millones de correos electrónicos en los que la contraseña es el cartero infiel, obtusamente reacio a las segundas oportunidades. El que avisa es traidor, hipócrita, mala bestia, mala madre y peor hijo, cualidades todas que ornamentan a los señores del aire digital que se lavan las manos cada vez que surge un problema. Que el usuario aguante su vela. Ellos ya lo habían dicho, no hay que fiarse ni de la madre que parió el invento. Al ordenador casero le dejan sólo ante el peligro, sin contraseña con la que darse una vuelta por el mundo, reconvertido en ratón inhabilitado para defenderse del gato cibernético, ladrón de la contraseña. El envite se da por perdido cuando llega la prueba más torticera: si el usuario quiere recuperar su nombre de pila voltaica tiene que demostrar que no es un robot, robota para la media mitad del mundo contraseñado. Debe traducir en palabra ininteligible los signos titiriteros que el robot que hace la pregunta y evalúa la respuesta le pone en los morros. Si el usuario afectado no da en el clavo, queda sin clave. Derrotado, se da al prive más a mano, no por vicio ni olvido, sino por ver si así entiende el cuadro abstracto que le regalan. El premio es una oleada de códigos que inundarán hasta el ahogo todos sus contenedores de chips, móvil incluido, también traidor y amigo infiel.

Lo arrebatador del caso es que el que pregunta es un aparato que nunca se desprenderá de su cordón umbilical eléctrico, alámbrico o inalámbrico, ligado por toda la eternidad posible a las centrales dueñas del mecanismo. Es un puro y amaestrado robot. Una robota. A la orden de sus señoritos digitales. Por el bien de todos los usuarios, por el bien común, por seguridad, supremo objetivo por el que el brillo deslumbrador de la pantalla, de mini o maxi pulgadas, amenaza con códigos, con adivinanzas, con preguntas sobre la intimidad que un día le concedió el susodicho adicto a la informática. El ordenata era un amigo, un pariente; ahora, de repente, se hace el sordo, el loco, el tonto, el que manga identidades y contraseñas con la disculpa de que hay mucho mangante de identidades y contraseñas, mucho jáquer suelto en busca de pelas libres.

El mareado usuario siente que la tierra ha girado ciento ochenta grados y ha retrocedido a los tiempos en los que debía probar a sangre y fuego 'quién no era'. Tiempos en los que un caballero elegantemente vestido, de gris, por supuesto, americana algo entallada, dorados cordoncillos y botones, visera de plato y un puntero redondeado en la mano -un ratón pretecnológico-, se le acercaba en plena vía urbana con la natural cortesía de la selva (yo, madero; tú, chita callando) y le invitaba a que probara que no era un peligro, un virus, un rojo. La feminización del adjetivo adhería un epíteto muy epíteto. Ellos pillaban al rojo y a la epíteta porque sabían más, tenían poderes derivados de la secreta ciencia emanada de la ley antidisturbios. No tenían necesidad de esperar a que llegaran las nuevas tecnologías. Eran otros tiempos.

La historia de los servicios de seguridad, analógicos o digitales, deja entrever que son algo nocivos para la salud, personal y social, más cuando hay que demostrar algo que no admite pruebas ni demostración. No eras roja, no eres robota. Qué tiempo tan feliz.

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