La Rioja

DICHO SEA DE PASO

Urdangarinitos

En el funeral de mi madre le pregunté a mi hermano si sabía quién era un hombre con un abrigo gris que se le parecía mucho a nuestro abuelo.

- Es el primo Juan de la mamá.

- ¿El de Elche?

- Sí, el hijo de Miguel y Gracia.

En ese momento a la emoción que ya sentía se añadió la ilusión de conocer a una persona de la que toda mi vida había oído hablar con cariño, así que me acerqué a él, le dí un abrazo y le agradecí que hubiera hecho tantos kilómetros para acompañarnos.

Me comentó que desde que se marchó del pueblo, siendo un niño, esta era la primera vez que regresaba. Que nunca había tenido un motivo para hacerlo sino, más bien al contrario, sus recuerdos eran de una infancia amarga en la que lo único agradable fue el tiempo que había pasado con mi madre y mis tíos. Yo me sabía su historia de memoria: el hermano de mi abuelo, Miguel, murió en el frente defendiendo la República y dejando viuda y dos hijos. Mi madre me relataba con admiración cómo la tita Gracia, cómo la nombraba siempre, aprendió el oficio de sastra desbaratando chaquetas de hombre por la noche a la luz de las velas porque de día limpiaba en las casas de los ricos. Aun así, como tantos otros, tuvieron que poner tierra de por medio y emigrar, porque su marido había sido demasiado señalado. Así que, en cuanto pudo, se fue con sus dos niños dejando incluso una casa y unas tierras de las que gente del régimen franquista se apropió ilegalmente.

Durante toda su vida siguió escribiendo a mis abuelos y mandando algunas fotos que recuerdo haber visto revolotear por las cajas de zapatos. Por lo que contaba en sus cartas, aunque no le fue fácil salir adelante, ella encontró trabajo en una sastrería y pronto sus hijos empezaron a traer un sueldo a casa. Por lo visto, se colocaron en una fábrica de calzado y con el tiempo llegaron a prosperar no sin esfuerzo y sacrificio. Podemos decir que pagaron un precio muy alto por las ideas de su padre.

Lo cierto es que los hijos no tienen culpa de lo que hagan los padres pero sufren las consecuencias o se aprovechan de los beneficios. De ese modo, los descendientes de los que se enriquecieron en la posguerra con las propiedades de los republicanos no pueden negar, aun sin ser culpables, que sus vidas han sido mucho más fáciles y que,como a día de hoy no se ha devuelto nada, siguen disfrutando de sus ventajas.

Si me viene a la cabeza esta pequeña historia familiar es porque leo en la prensa que los hijos de Iñaki Urdangarin y su madre esperaban todos reunidos en el salón de su piso en Ginebra, la sentencia sobre el famoso caso. Los veo sentados en el sofá, rubitos y expectantes, compungidos y finalmente aliviados por las buenas noticias de que ni su madre ni su padre irán a la cárcel.

Me pregunto qué les contaran a esos niños. Seguramente que todo es una conspiración de enemigos de la monarquía y de malas personas que envidian sus privilegios. Es imposible saberlo, pero lo que sí sé , es lo que ha dicho el abogado defensor, que su cliente no ha matado a nadie. Y es cierto que no ha matado a nadie con sus propias manos, faltaría más. Pero el dinero que ha robado es de todos y podría haber servido para mejorar la sanidad y la educación de este país.

Por si fuera poco, durante toda su existencia estos niños se beneficiarán de la fortuna amasada por su padre y es seguro que no tendrán que madrugar nunca para ir a una fábrica. Y, dicho sea de paso, tampoco me imagino a la infanta desbaratando una chaqueta a la luz de una vela para poder comprarles un chándal.