La Rioja

Europa a la carta

Dentro de tres semanas escasas lo que hoy llamamos Unión Europea cumple sesenta años. Es una efeméride que los europeístas tenemos que celebrar con alegría. Pero también con preocupación. A lo largo de estas seis décadas aquel proyecto de integración continental que pusieron en marcha en Roma un grupo de políticos pasó por diferentes avatares.

Alguien dijo que la UE se había venido construyendo sobre crisis superpuestas, pero quizás ninguna tan grave y tan inquietante como la que atraviesa actualmente. El sesenta aniversario mantiene al margen de la conmemoración a muchos desertores del entusiasmo inicial y al resto con el ánimo bastante decaído. Para nada contribuyen a levantarlo las propuestas formuladas por el presidente de la Comisión, Juncker, que entre las salidas para el futuro considera la vuelta a atrás.

El 'brexit' ha sido un golpe muy duro pero superable si no fuese la actitud negativa con que mantienen en la organización algunos gobiernos arribistas, recién incorporados, como Hungría, Polonia o la República Checa, que trincan subvenciones y ponen palos en las ruedas a todo lo demás. Se les unen las organizaciones populistas, nacionalistas, semidemocráticas y xenófobas que quieren frenar el proceso integrador y, seguramente, siguiendo el ejemplo de Trump, fragmentar a Europa de nuevo con muros divisorios y devolverla a sus enfrentamientos.

La Unión Europea nació para evitar las guerras que tradicionalmente habían ensangrentado el Continente. Y durante sesenta años lo consiguió. La paz es su principal activo a la hora del balance. La Historia recuerda que nunca Europa había vivido tanto tiempo en paz. Los pequeños conflictos en su ámbito geográfico, como los balcánicos, siempre se produjeron fuera de los Veintiocho países que todavía la integran. Pero la paz no ha sido su principal logro. Al socaire de la paz se han conseguido otros importantes.

Nadie podrá negar en propiedad, aunque haya quien lo haga desde radicalismos pasionales y añoranzas anacrónicas, que la paz, la cooperación y la unidad de fuerzas que se ha creado generó prosperidad, modernización, mejora en las condiciones de vida e influencia en un mundo que mal que les pese a 'trumpistas' y euroescépticos está predestinado a volverse más globalizado. La idea de los fundadores sigue siendo válida y los avances logrados no se puede permitir que se pierdan.

La solución es seguir avanzando, refrendada por la reunión de los jefes de Gobierno de los cuatro países más importantes, entre ellos Rajoy, celebrada en Versalles, aunque para conseguirlo sea necesario dejar que los británicos y quienes quieran se vayan o, en todo caso, que se queden a su ritmo. La UE sólo se salvará implantando las dos velocidades para que quienes quieran avancen en la integración, quienes lo deseen se paren y quien lo prefiera, dé marcha atrás. Mejor que se rezaguen a que ralenticen u obliguen a retroceder a los demás.

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