La Rioja

CALAHORRA NO PARECE WASHINGTON

Antes de leer este humilde párrafo, les recomiendo que vayan a la página siete del periódico o que reparen en la fotografía de portada. Observen atentamente las imágenes. No presten atención a los pies de foto ni tengan en cuenta la trágica noticia que ilustran. Fíjense, en cambio, en sus detalles: la calle mal asfaltada, embarrada, las casas medio caídas, la pavorosa suciedad, las puertas desencajadas, los desconchones, los escombros, la miseria.

Esas mismas fotografías, sin apenas retoques, podrían haber ilustrado cualquier artículo de la sección internacional: tienen ese aire cochambroso y triste de las ruinas de Alepo o de los arrabales de Argel. Con una sustancial diferencia en favor de las anteriores: Calahorra, que sepamos, no ha sido bombardeada en los últimos setenta años y es una pacífica ciudad del primer mundo con unos indicadores económicos bastante decentes. Para colmo, está emplazada en una vega rica y feracísima, famosa por criar unas verduras sabrosas y exuberantes.

Sin embargo, cuando uno visita Calahorra siempre regresa con algo de melancolía. La Calagurris Nassica Iulia de los romanos, la patria del retor Marco Fabio Quintiliano, la cuna del poeta Aurelio Clemente Prudencio, una de las sedes catedralicias más antiguas de España, una ciudad, en fin, que acumula milenios de apabullante historia debería sentir algo más de respeto por sí misma.

Señor alcalde: supongo que habrá mil inconvenientes administrativos, burocráticos e incluso arqueológicos para intervenir en el casco viejo -un casco, además, enorme y enmarañado-, pero una estampa como la de la Cuesta de la Curruca resulta dolorosa e intolerable en el siglo XXI. ¡Ojalá Calahorra pareciese Washington y no la franja de Gaza!

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