La Rioja

Épicas de la enfermedad

Días pasados, con motivo de la celebración del Día Mundial del Cáncer -rara forma de llamar a lo que debería ser el día 'contra' el cáncer: parece que se celebra la enfermedad en vez de perseguirla-, volvimos a oír historias de pacientes, muchas de las cuales venían relatadas en lenguaje bélico. Hablaban de lucha, de combate, de dar la batalla, de plantar cara al enemigo sin darle tregua. No pasa solo en este ámbito. El lenguaje público padece hoy una suerte de hiperbolitis que privilegia las palabras espectaculares sobre las más moderadas, aunque al hacerlo deformen la realidad a la que se refieren dándole unos tintes a veces monstruosos. Fíjense, por ejemplo, en esa metáfora tan de moda que llama «choque de trenes» a cualquier enfrentamiento deportivo o al menor desencuentro entre dos políticos. Con la enfermedad pasa igual. Una vez diagnosticada, al enfermo se le insta a ponerse la armadura, empuñar la espada y enfrentarse a su dolencia como un héroe valeroso, combativo, indesmayable.

¿No será demasiada exigencia? Pase que lo animemos para que no se hunda en una postración que redoble su daño, pero las llamadas a filas tal vez sobren. El paciente carece de armas con las que luchar. Las enfermedades atacan -ellas sí- y ante sus acometidas al enfermo no le queda otro recurso que los que le proporcionan la medicina, los fármacos y los tratamientos. Luchar, lo que se dice luchar, lo hacen en todo caso los médicos. Somos los sanos quienes queremos ver enfermos aguerridos porque en el fondo alimentamos la necia fantasía coelliana de que con voluntad y esfuerzo todo se puede conseguir y nos aterra todo aquello que escapa a nuestro control. Te curas si quieres curarte, le decimos. Y en el supuesto de que la pelea épica acabe en derrota, al menos podremos hablar de una victoria moral a la que dedicarle unas floridas necrológicas.

Esta filosofía y este lenguaje están en la base de muchas de las grandes patografías literarias donde el autor va dando cuenta de sus síntomas, sus tratamientos, sus altibajos y sus esfuerzos mentales para no dejarse dominar por la desesperanza. Pienso ahora en la lucidez de Cristopher Hitchens en 'Enfermedad', o en la dignidad de William Styron en 'Esa visible oscuridad', o en el humor negro de Nacho Mirás en su blog 'Rabudo'. Ellos eran los dueños de su mal y tenían el derecho de plantarle cara cada uno a su manera, que seguramente les sirvió de algo mientras aún estaban vivos. Pero a nadie puede pedírsele ese coraje. Si elogiamos al que da la batalla, en cierto modo estamos censurando a los que se acobardan y se disgustan, que son la mayoría. Como es natural, por otra parte. La curación de un cáncer supone una inmensa alegría, pero no concede ningún mérito. Su desenlace fatal es una maldita desgracia, pero no la consecuencia de una cobardía. Evitemos hablar de la una y del otro con el lenguaje de las armas.