La Rioja

Que nadie se llame a engaño

El 29 de octubre pasado tuvo lugar en el Congreso, en segunda votación, la elección de Mariano Rajoy como presidente del Gobierno. Advirtió ese día: «Que nadie se llame a engaño», fijando los límites a su voluntad de entendimiento y de pacto y corrigiéndose a sí mismo en su discurso de investidura donde se presentó dialogante y proclive al acuerdo. En los casi cien días de su segundo mandato se ha podido comprobar que en esto no nos ha mentido. Siguen siendo las espaldas de los trabajadores las que crujen, sobre todo las de las rentas más bajas, y que nadie se deje engañar, cada vez somos más los que pertenecemos a esa parte de la sociedad con enormes dificultades para llegar a fin de mes.

Algunos nos opusimos a la abstención socialista para facilitar el gobierno al PP. Nos preocupaba entregarle el control del 'tempo' político y con ello la capacidad de chantaje permanente. La realidad ha resultado todavía más negativa. No sólo puede convocar elecciones cuando quiera porque el balón es suyo sino que también nos ha descubierto un funcionamiento de nuestra democracia que hasta ahora desconocíamos. Sabíamos de la lentitud de aprobar leyes por la mayoría absoluta popular en el Senado y la gran dificultad de agrupar a una oposición tan diversa y enfrentada en objetivos comunes, pero desconocíamos que el Congreso, donde reside la soberanía de la nación, está sujeto a la capacidad desmesurada de veto del Gobierno. Un Gobierno que, además, acusa al Congreso de «abuso y arbitrariedad» y plantea al Tribunal Constitucional un recurso donde exige que se acepten sus vetos a las iniciativas parlamentarias de la oposición como la paralización de la LOMCE o la reforma laboral. Ya lo dijo Rajoy: «Que nadie se llame a engaño». Quien pensara que podía cambiar las políticas del PP desde el Parlamento estaba equivocado. Se negocia lo que el Gobierno quiere y con los límites que quiere. Se le dio el poder y ahora toca aguantar, sufrir, indignarse y espero que levantarse y rectificar.

La realidad que cada día recogen las informaciones de prensa distan mucho de la ofrecida por la maquinaria de propaganda del PP. España está a la cabeza en el incremento de la desigualdad. La distancia entre los que más tienen y la mayoría social empobrecida aumenta cada año. Desde el 2012 se ha producido una caída de los ingresos procedentes de las rentas del trabajo y hay un parón en la redistribución de la riqueza. El 10% de los más ricos acumula el 52,8% de la riqueza y el 25% de los más pobres carga con más deudas que activos, según el Banco de España. Y a esta situación tan descarnada se añade que las familias más jóvenes han perdido un 22% de su renta hipotecando su presente y su futuro. Hay 3,5 millones de personas en España condenadas a vivir con menos de 333 euros al mes; 1,8 millones de personas llevan más de 2 años sin empleo, y 666.600 hogares no tuvieron ningún ingreso en el año 2016. El actual sistema de prestación social no ofrece ninguna cobertura ni protección a las nuevas situaciones de pobreza que la 'recuperación económica' está produciendo y que los puestos de trabajo que se crean no consiguen evitar. Uno de cada dos jóvenes no tiene trabajo.

Asistimos, muertos de frío, al alza indiscriminada de los precios de la energía y mientras esperamos no se qué decreto, leemos en prensa las muertes silenciosas que producen incendios de pisos por estufas defectuosas o velas que prenden por descuido. Un 17% de aumento del recibo de la luz en el último año; 1,5 millones de mujeres tienen pensiones inferiores a 700 euros y, como todas, con una subida de 0,25% (euro y medio) se empobrecen y, con ello, las muchas familias que viven con la paga de los abuelos. A todo esto, podemos añadir el dato conocido de que los hogares de los autónomos han perdido el 31% de sus ingresos desde el inicio de la crisis.

La ILP que UGT y CCOO presentan en el Parlamento para una Prestación de Ingresos Mínimos es un grito social, una necesidad acuciante. Lástima que tenga poco recorrido porque, «que nadie se llame a engaño», los francotiradores están en la Moncloa y algunos facilitaron que sigan ahí.

Y sumen el hartazgo de seguir por televisión los juicios por corrupción y esa sensación de impunidad que nos transmiten. Eso sí, no hagan bromas sobre Carrero Blanco o peleen por sus derechos que se exponen a penas de cárcel. Ya saben, inoculando miedo y resignación a una sociedad ya de antemano amordazada. Nos quieren callados, que nadie se llame a engaño.

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