La Rioja

La gala de los descuideros

Tampoco este año la gala de los Goya, que premia lo mejor del cine y siempre despierta cierto interés popular, fue lo que se dice un éxito de crítica y público. Algo ocurre, dicho sea de camino, para que una empresa promovida y ejecutada por tantos buenos profesionales del espectáculo no consiga encontrar su fórmula. Las críticas coinciden en lamentar su duración, que se convirtió una vez más en pesadez; la monotonía de los agradecimientos a veces multiplicados por tres y, para los más puritanos de las formas, hasta la abundancia de tacos que el presentador prodigaba para despertar tibias sonrisas.

Pero no es mi intención escribir de lo que apenas sé y sólo me guía lo que leo en periódicos y escucho en la radio. Al margen de las opiniones sobre la calidad del espectáculo, que para eso están los críticos, y de esa permanente invocación de todos los años y todos los intervinientes sobre la importancia del cine en la cultura, cierta pero no más que otras artes que no tienen la posibilidad de reivindicarla con semejante eco y despliegue de audiencia, yo me quedo con lo tristemente anecdótico de lo que ocurrió la noche del sábado en el Hotel Auditórium.

Mientras los protagonistas de la gala sufrían el nerviosismo de la espera por los resultados, el público presente se removía en los asientos y miraba de soslayo el reloj, y los cerca de cuatro millones de espectadores de televisión repetían por segunda y tercera vez sus viajes domésticos a los servicios, algunos avispados descuideros, que como se sabe suelen estar en todo, aprovechaban para llevarse un valioso trofeo que no fuese precisamente la cabeza plástica y poco lograda del inmortal Goya.

Es decir, que mientras directores, actores, camarógrafos, maquilladores y demás profesionales del cine desaprovechaban la excepcional oportunidad que se les brindaba en el backstage de rodar en directo y con la fuerza de la acción real, en vivo como la vida misma, una excelente película de intriga y acción con remedos de humor, y actores noveles con sus disfraces de ciudadanos normales que ponían emoción a la secuencia colándose entre los figurantes y el público para llevarle al perista que les aguardaba tras su mostrador, las joyas y otros objetos de valor que lucían las estrellas.

Podría haber sido en directo, qué duda cabe, el estreno del año: una película antológica y no digamos si el argumento y la oportunidad hubiesen sumado el talento de los difuntos Azcona y Luis Berlanga para narrarla con voz e imágenes. Los cineastas se quejan de la falta de financiación para sus proyectos y los cinéfilos lamentan que el nivel del cine español diste mucho del que se hace en Hollywood pero también deberían hacer autocrítica y reconocer que ellos desaprovechan las oportunidades.