La Rioja

En procesión

Empieza a cansar la liturgia prejudicial de los imputados por los actos presuntamente delictivos vinculados con el proceso independentista de Cataluña. La foto ya tantas veces repetida, del mártir o protomártir caminando hacia la sede judicial acompañado de la muchedumbre que representa al pueblo por el que se sacrifica, cual si de una procesión se tratara, más que suponer una coacción a los jueces (a estas alturas del partido, y con el rodaje que con todas sus imperfecciones tiene nuestro estado de Derecho, uno los supone lo bastante inmunes a esas exhibiciones teatrales), adquiere un aire de sobreactuación penosa, que lleva al esperpento lo que debería ser, de una vez por todas, un debate sereno, serio y realista sobre qué podemos hacer para dejar de estar tan irritados y tan mal avenidos y para gestionar con más inteligencia nuestros intereses comunes.

Porque lo que está claro, tan claro que aburre recordarlo, es lo que no podemos hacer. Ni cabe obviar esa realidad de peso que es el desencaje de muchos, demasiados catalanes del proyecto común de España; ni aguarda ninguna solución al problema por la vía de ese eterno éxodo a Canán emprendido por el nacionalismo hace ya casi cinco años. Un éxodo que sigue atascado a orillas del Mar Rojo, por más que sus portavoces más incontinentes se jacten de que está todo preparado para cubrir en un milisegundo las etapas restantes una vez que el poble soberano termine de dar la señal, en el tiempo y la forma que sus únicos intérpretes autorizados y auténticos le demanden.

Incluso si eso fuera verdad, y existiría por tanto materia para abrir nuevos procesos penales, necesita un detonante que los independentistas no están dispuestos a producir, porque con ello sonaría la hora de la verdad que llevan un lustro evitando, y se descubriría que las aguas del mar no se abren para dar paso al pueblo elegido. O lo que es todavía peor: vendría algún adulto a dar por terminado el largo y emocionante recreo.

En las procesiones de Semana Santa se saca la figura del Nazareno: cautivo, torturado o directamente crucificado. Lo más que arriesgan los imputados de Barcelona es una inhabilitación, pena mucho más benigna, y hasta cabría preguntarse si, al margen de que los jueces se la impongan, no han quedado todos ellos, de facto, inhabilitados para ostentar cualquier responsabilidad pública por las muchas y diversas torpezas cometidas; entre ellas, la de generar unas expectativas que la realidad ha de defraudar. En lugar de simulacros de martirio, les toca hacer valer ante los jueces sus eximentes o atenuantes, si las tienen, y si no, exponerse sin plañidos a las consecuencias de la desobediencia en que decidieron incurrir. A fin de cuentas, y les consta, los indultarán cuando las aguas vuelvan a su cauce.