La Rioja

OJO DE BUEY

En construcción

Todos los cuentos acaban por contarse a sí mismos. Los cuentos son siempre en parte autocuentos. Igual que este 'ojo' de hoy, que viene de oficio. A ver: si se derrumba, en el epicentro de tu ciudad, una casa vaciada por dentro y designada oficialmente como 'la del cuento', ¿de qué otra cosa vas a escribir? La cosa -o la casa, en fin- sale sola. Al dictado. Se cuenta sola. Todo va a -entiéndase- 'a favor de obra'. ¿Se cae la casa? Pero se edifica la metáfora. Y las metáforas, ¡ay, amigo!, son indestructibles. Tú construyes una metáfora, una normalita, de protección oficial, sin trastero, ni plaza de garaje, ni nada, pues te dura para siempre. Las metáforas se asientan y oye, no las derriba ni un terremoto; ni se agrietan, ni les salen humedades, ni nada. Ahí están. Haciéndose fuertes. Son metáforas como una casa de grandes. Y más altas. Tú miras, por ejemplo, el Empire State, y quién se fija en el edificio. Ves la metáfora. La ve hasta un gorila, King-Kong quiero decir. King-Kong trepó una metáfora, no un edificio, que le daba igual al hombre, el edificio. Lo que quería era alcanzar la cima de la metáfora. O ahora, las Torres de Trump. Quién ve el edificio. Ves a Trump. Ojalá, por cierto, Trump fuera sólo una metáfora. O 'ves' las Torres gemelas: ¿hubo alguna vez edificio? O ves, el viernes, la portada de este periódico, la foto de Justo Rodríguez en la que aparecía, en contrapicado, un operario cerrando definitivamente ¡las puertas del Palacio de Justicia! de toda la vida. ¿Da cosa? ¿No? ¿Cerrojazo a la justicia? Una metáfora es, de hecho, o sea, de fábrica, como la tercera casa de los tres cerditos, la del hermano mayor, la resistente, la de ladrillo o cemento o lo que fuera; una casa a prueba del hipo huracanado del lobo feroz. Nuestras ideas, ocurrencias y discursos son, en cambio, más bien como las casas del mediano y del pequeño: de paja, o como mucho de madera; una simple brisa se los lleva por delante. Pero una metáfora está muy bien cimentada. Tanto que nunca se puede llegar hasta sus cimientos. Le sucede a las metáforas como a los sustantivos abstractos de los que el domingo pasado hablaba la lexicógrafa Paz Battaner en su discurso de ingreso en la RAE: «ofrecen aportaciones semánticas insaciables, resultan ser una inagotable fuente de recursos léxicos, de manera que, cuando se intenta describirlos, se muestran con una profundidad sin fin: la inagotable realidad inventada». En una metáfora, como en la casa buena de los tres cerditos, la de los materiales de primera calidad, te puedes refugiar y defenderte. Y lo demás, es exponerse a la baja temeraria. Entonces, claro, metafóricamente hablando, se derrumba 'la casa del cuento', y qué es lo primero que te viene, ¿la casa o el cuento? Te viene, sin pensarlo siquiera, espontáneamente, la realidad inventada. Es más, la casa no tenía un cuento propio hasta su derrumbe de cuento («¡soplaré y soplaré! ¡y la casa derrumbaré!», decía el lobo feroz). Ahora sí, se ha escrito un cuento. A partir de ahora, cuando pase el abuelo con su nieto, por delante, le contará: «Mira, Pachín, érase una vez esta casa en el parque del aviador González Gallarza, que un día triste y vacía, de pena se derrumbó solita y.». Es más, desde el derrumbe de la casa del cuento, muchísimos logroñeses rodean su valla, montándose sus historias y sus wasups con las ruinas. Se ha caído la casa, sí, pero ahora se edifica el cuento; se ve el cuento por dentro. Y no es muy frecuente ver el interior de un cuento. Sus paredes, sus ventanas al exterior, todo el cuento al aire. Curiosamente, la mejor casa de cuento que yo conozca trata del derrumbe de la propia casa, La caída de la casa Usher. La casa Usher tenía ojos, sonaba, se quejaba, estaba viva. Es también el cuento con el que yo más miedo he pasado en mi vida. Y también la casa en la que más miedo he pasado en mi vida. De hecho, tengo la sensación de que sigo viviendo en ella desde que la primera vez que leí el cuento. Vamos, que esta semana, en el Parque Gallarza, don Vladimiro Propp, autor que fuera de la Morfología del cuento -que venía a ser también una especie de arquitectura del cuento, un peritaje de sus estructuras y andamiaje- se hubiera puesto morao.