La Rioja

Un bar llamado España

Hace unos días, en un diario de tirada nacional, Iñaki Gabilondo denunciaba que la falta de inversiones y la disminución de los presupuestos destinados a la educación, en general, y a la ciencia, en particular, representaba una amenaza para nuestro futuro y el de nuestros hijos. Sus declaraciones finalizaban señalando que el país corría el peligro de convertirse en un gigantesco establecimiento de hostelería, un establecimiento denominado 'bar España'.

Aunque se puede objetar que la categoría atribuida a dicho negocio es la de 'bar' y no la de 'bar-restaurante' o la de 'mesón', que resultan mucho más ajustadas a la realidad, lo cierto es que esta ocurrencia describe con enorme precisión el rumbo que ha tomando la economía española. Y es que no hace falta ser un experto en dicha materia para darse cuenta que la recesión que se inició en 2008, lejos de ser un revulsivo o una oportunidad para transformar su estructura productiva, no ha hecho otra cosa que cronificar sus deficiencias y debilidades.

Basta darse una vuelta por los polígonos que rodean las principales ciudades españolas para comprobar in situ los efectos de la crisis y de la deslocalización industrial; el estado al que han quedado reducidos los pabellones, dársenas y naves que antes convocaban a miles de trabajadores y que ahora permanecen vacíos y en silencio. O pensar en el destino de sectores, antaño florecientes, que, además de desaparecer casi por completo, han arrastrado en su caída a las comarcas y poblaciones en las se habían establecido y a las que proporcionaban cientos de puestos de trabajo.

Mientras todo esto ha estado sucediendo, EE.UU, China y nuestros socios europeos no han dejado de suministrarnos toda clase de bienes y servicios: equipos industriales e informáticos, textiles, manufacturas, carbón, mobiliario, acero, papel, productos químicos y farmacéuticos, material sanitario, electrodomésticos, telefonía inalámbrica, tecnología digital y quién sabe cuántas cosas más. El resultado de esta deriva, inacción o falta de iniciativa no solamente ha tenido efectos devastadores para el empleo sino que, además, ha provocado que España, sus universidades o sus empresas no figuren en los puestos de cabeza de ningún ranking internacional que evalúe la innovación, la formación, la penetración de las nuevas tecnologías o la adaptación de las ya existentes. Tristemente, el paso del tiempo ha demostrado que la tan cacareada 'sociedad del conocimiento' a la que aspiraban y de la que tanto hablaron y presumieron nuestros políticos fue, como en tantas otras ocasiones, un mero brindis al sol.

La imposibilidad de competir en la división en la que juegan las grandes potencias o de ocupar un lugar destacado en el nuevo concierto global está provocando que nuestra economía se reoriente y especialice en los pocos sectores en los que carecemos de rival, que no son otros que el turismo y la agroalimentación. Mientras los demás, o los otros, inventaban, como en su día afirmó Unamuno, nosotros nos hemos resignado o aceptado de buena gana convertirnos en anfitriones de los más de 75 millones de personas que nos han visitado durante el pasado año y de las que continuarán visitándonos en el futuro en busca de diversión, descanso, alcohol barato, sol y buenos alimentos. Como no podemos ir en vanguardia, reservémonos la retaguardia.

Este cambio de dirección obedece tanto a la iniciativa privada, que ha sabido aprovechar la coyuntura, como a las administraciones locales, autonómicas y estatal que jamás han dudado en apoyar financieramente las ocurrencias surgidas en ambos sectores y los cientos de D.O. e I.G.P. que salpican nuestra geografía. Una y otras, con la inestimable ayuda de los medios de comunicación, han situado a los productos gastronómicos, los cocineros o los resorts turísticos en el centro del debate o de las preocupaciones e intereses de los españoles como sucedió con el proyecto Eurovegas de Sheldon Adelson o con la audiencia que, semana a semana, cosechan los concursos y programas gastronómicos.

Para ilustrar el destino hacia el que nos encaminamos basta recordar el anuncio televisivo en el que una madre descubre, con una mezcla de sorpresa y orgullo, que su hija ha encontrado empleo de camarera en un restaurante gracias a la utilización de una aplicación telefónica destinada a ese propósito. El mensaje que transmite a nuestros hijos no puede ser ni más demoledor ni más claro. España ya no necesita ni ingenieros ni médicos ni informáticos ni profesores, sino camareros, jefes de sala, ayudantes de cocina, doncellas, manipuladores de alimentos u operarios de conservera porque ese, y no otro, es el destino profesional que les aguarda. Es lo que hay, lo que exigen los mercados mundiales y nuestro posicionamiento en los mismos. Se acabó aquello de ser la reserva espiritual de Occidente, ahora nos conformamos con ser su despensa.