La Rioja

Yo no soy Trump

Una cosa es reconocer que la villanía de Donald Trump anide en cada uno de nosotros y que, desde ese punto de vista, la criatura naranja exprese el tramo más maligno de nuestro genoma, que todos somos algo Trump, puede ser, y otra muy distinta es aceptarlo. No. Yo no soy Trump o al menos no quiero serlo. Reniego de ese engendro ante ustedes lectores, ante el departamento de Extranjería y ante las cláusulas legales de Facebook que la gente cita con intención blasfema y solemnidad impostada, como si le importara a alguien.

No. Que millones de ciudadanos de los Estados Unidos hayan votado a Trump no le da carta blanca de nada. Que sea presidente legítimo no le hace mejor presidente. El apoyo en las urnas no blanquea su zafiedad, ni su manera burda de dirigirse a la gente, su propensión al populismo, la pretendida simpleza, su costumbre de llamar a las más bajas pasiones humanas ni, si me apuran, el gesto psicópata de su mano o el desdén con que vomita su discurso. No deja de ser su boca de esfínter la cumbre física del desprecio. ¡Qué parodia de Charles Chaplin nos hemos perdido!

Como siempre hay una mierda para un tiesto, han venido a salvar al dios rubio del mal gusto un montón de opinadores que le sacan la cara pues, según ellos, aplica mejores medidas por haberlas prometido. Es este un precepto falso. Imagine que yo le prometo a usted que le voy a matar mañana a las cuatro de la tarde y mañana a las cuatro de la tarde, voy y le mato. Para determinadas cosas, es mejor no ser un hombre de palabra. Después de que haya desbaratado el sistema de libre comercio que le hizo rico, de provocar una crisis económica para más tarde aprovecharse de ella, después de cerrar las fronteras de un país construido justamente con los corazones olvidados en los puestos de fronteras, de discriminar a las personas por su nacimiento o su religión, de poner a Dios por delante, de revalidar la tortura, después de tomar todas las decisiones de manual para crear terroristas y cargarse a la fiscal general para dinamitar el Estado de Derecho, después de poner en marcha todos esos puntos negros de su programa, de jugar a bolanguita con el avispero de la geopolítica internacional, de crear problemas para erigirse en salvador, después de todo esto, me pregunto si no es mala suerte que este vaya a ser el primer presidente del gobierno de la historia en cumplir su palabra. También vienen a contarnos ahora los trompeteros españoles que 'USA is different', cuando eso lo inventó ya Fraga, y fintan la crítica con el argumento cuñadísimo de que analizar desde España el fenómeno estadounidense es torpe y miope. Es decir, que se puede hablar de Caracas, pero no de Washington.

En Iowa y en Barbate, Trump aúna tres de las peores lacras con las que uno puede toparse en el poder: la mediocridad, el miedo y la falta total de prudencia. Es, en esencia, un peligroso micropene político, erigido de entre la inseguridad, la envidia y la impotencia. Quizás sea su única virtud el pelo, que siempre es un poder esquivo y veleidoso; mi abuela me decía que mi dote era mi flequillo y ya solo quedan calderilla y nostalgia. Dónde hay pelo hay alegría. Mentira. No, disculpen, pero yo no soy Trump.

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