La Rioja

La presidencia de la plaza de Logroño

El pasado 20 de septiembre presidió su última corrida de toros en Logroño Antonio González Suberviola. Y lo hizo como es él: con discreción, seriedad profesional, gran afabilidad y buen hacer. Antonio ha sido un excelente presidente y es el momento de reconocerle el trabajo realizado durante trece años, en los que ha alternado sillón con otro buen presidente, Manolo González González. Destaca en este periodo el indulto concedido por Antonio el día de San Mateo de 2007 al toro Molinito nº 265 de la ganadería de Victorino Martín, el único que ha merecido aquí tal honor.

Quizás sea una buena ocasión para repasar brevemente la historia reciente del palco presidencial en nuestra ciudad. Entre los años 1979 y 1985 tal cometido fue desempeñado por Antonio Real Valdivielso, que contribuyó notablemente con su buen criterio y seriedad extrema a sentar las bases e impulsar decididamente la importancia taurina de la plaza de La Manzanera. Para ello contó con la inestimable colaboración, como delegado gubernativo, de Mariano Frías Mayoral, todo un ejemplo de eficacia, celo profesional y seriedad en el callejón durante muchos años.

Posteriormente, el día de San Mateo de 1986, comenzó su andadura Félix Cámara Cámara, un extraordinario presidente al que siempre he considerado personalmente como el mejor entre los muy buenos que hemos tenido en Logroño. Su presentación fue toda una declaración de intenciones: devolvió a los corrales por invalidez el primer toro en el día de su debut, una res de la entonces muy acreditada ganadería de Pablo Romero. Ahí marcó el listón de su futura trayectoria. Durante los años que presidió, siempre el rigor, la seriedad y la rectitud del palco fueron ejemplares y consiguió, junto a la muy entendida y exigente afición que por entonces había en Logroño y con el respaldo de una excelente crítica local, escrita y radiofónica, elevar a cotas muy altas la categoría y el respeto que durante aquellos años tuvo nuestra plaza entre los profesionales, afición y crítica nacional.

Y cito un hecho que describe fielmente cómo era el palco en aquella época: la tercera tarde de la feria de 1988, y como respuesta a un feo desplante hacia la presidencia por parte del director de lidia, Cámara interrumpió el desarrollo de la corrida y ordenó que el torero subiera al palco. Y públicamente, en medio de una gran expectación, Paco Ruiz Miguel fue severamente amonestado, tras lo cual continuó el festejo. Resultó muy digno ese gesto presidencial y emocionante la atronadora ovación que le dedicó toda la plaza. La feria de 1989 fue la última que presidió en solitario, alternando a partir de entonces con Alfredo Sánchez Colmenero durante las temporadas 1990, 1991 y 1992. Posteriormente actuó de forma esporádica algunas tardes, siendo el 26 de septiembre de 1996 su despedida definitiva. Ese día, como reconocimiento a la magnífica labor realizada tantos años, Juan Mora le brindó la lidia de un toro, un honor no muy habitual en este mundillo.

Colmenero desempeñó bien su labor entre 1990 y 1996, los tres primeros años alternando con Félix Cámara y los últimos cuatro en solitario, excepto algunas ausencias puntuales por motivos profesionales que fueron cubiertas por Cámara.

La presidencia de la feria de 1997 corrió a cargo de Francisco Andrés Gamarro, que poca historia dejó en nuestro recuerdo.

En 1998 comenzaron su labor Juan José Fernández Ibáñez y Miguel Ángel Moreno Hernando, que duró hasta 2002. Magníficos presidentes a la par que divertidos personajes mantuvieron alto el nivel. Como hechos históricos se pueden citar que Juanjo presidió la última corrida en La Manzanera el 26 de septiembre del año 2000, mientras que la inauguración de la plaza de La Ribera corrió a cargo de Miguel Ángel el día de San Mateo de 2001.

En verano de 2003, por razones nunca bien explicitadas pero de fácil comprensión conociendo el percal periférico, ambos presentaron su renuncia irrevocable y la Consejería de Administraciones Públicas tuvo la muy mala ocurrencia de nombrar, para presidir la feria de ese año, a dos infaustos paracaidistas de Madrid de cuyo nombre no quiero acordarme. El resultado fue un desastre mayúsculo.

Al año siguiente ya se volvió a la normalidad y fue entonces cuando comenzaron su trabajo Antonio y Manolo González, tal y como he descrito.

Todos los citados, excepto el borrón cosecha 2003, han firmado una encomiable labor, con excelente nota en general, mas allá de esos pequeños detalles que no dejan de resultar anecdóticos y que por otra parte dan mucho juego en las crónicas, tertulias y comentarios posteriores a las corridas: esa oreja no concedida tras fuerte petición, ese regalo del segundo trofeo tras un bajonazo, ese toro blandito no devuelto, etc. Pero la verdad es que siempre ha habido rigor, rectitud y acertado criterio en lo fundamental: alta exigencia en los reconocimientos, seriedad en la presentación del ganado, envío habitual para análisis de astas sospechosas de manipulación, pocas dudas en la devolución de toros inválidos, dos entradas obligatorias al caballo, aceptable criterio en la concesión de trofeos, etc. Lo cual les hace a todos ellos merecedores de nuestro aplauso y reconocimiento.