La Rioja

La muerte del heladero

No es mi intención reducir el número de artesanos del helado, más bien todo lo contrario. La que sí es mi intención en estas líneas es la de reflexionar sobre la radicalidad (ideológicamente hablando) de los votantes y de los partidos políticos y/o líderes (habría que estudiar qué es antes: el huevo o la gallina) en los últimos tiempos. Casos como el estadounidense o como el de los excelentes resultado electorales que mantienen gran parte de los partidos de extrema derecha en Europa y, por qué no decirlo, también los de extrema izquierda en tiempos más recientes, nos hacen pensar que el heladero se terminará arruinado si no cambia el lugar de su chiringuito playero. ¿Qué tiene que ver la radicalización del votante con el respetable arte de vender helados? Les cuento.

Al estudiar la evolución de los partidos políticos suelen reconocerse cuatro estadios por los que han pasado aquellos que han sobrevivido al cambio de los tiempos. Los partidos de élites (sarcasmo evidente, toda vez que lo siguen siendo y siempre lo serán), los partidos de masas, los partidos atrápalo todo y los partidos cártel. Encontrarán, sin esfuerzo, muchos otros tipos y subtipos de partidos políticos pero no serán más que ocurrencias de algún iluminado que necesita justificar la originalidad de su tesis doctoral y de poco les servirá. Esta transformación, al menos hasta el triunfo de los terceros (conocidos también como partidos escoba) se explicaba con la conocida teoría del heladero. Imaginen por un momento una paradisíaca playa, llena de palmeras, arena blanca y aguas cristalinas. En una punta está la extrema derecha y en su lado opuesto, la extrema izquierda. Los heladeros (protagonistas de nuestra historia y que ya sabrán que se trata de los distintos partidos políticos) pretenden vender helados a los veraneantes que disfrutan a la orilla del mar (efectivamente, se trata de los votantes potenciales). Los distintos heladeros pronto se percataron (gracias a la extensión del sufragio pasivo) de que si se situaban en alguno de los dos extremos del espectro político, tendrían compradores (votantes) muy fieles pero muy escasos (nadie en su sano juicio cruza toda la playa para buscar un helado similar al que tiene cerca) por lo que el centro de la playa resultaba ser el lugar más adecuado para satisfacer sus intereses. Tendrían que suavizar, mediatizar, pulir o adulterar sus ideales pero, por lo demás, todo seguiría igual, ya saben: los negocios son los negocios y los helados que no vendas, otros lo harán. Esta sencilla lógica electoral ha permitido explicar por qué todos o casi todos los partidos políticos terminan pareciéndose tanto (el apócope PPSOE es un claro ejemplo) o por qué los votantes en sistemas con un bipartidismo más o menos perfecto cambian de un partido de centro derecha u otro de centro izquierda con pasmosa sencillez. Pero llegado a este punto, parece oportuno preguntarse si los heladeros tendrán futuro manteniendo sus negocios en los centros de las playas o, dicho en términos más técnicos, si no les quedará más remedio que radicalizar sus discursos con el fin de acceder a unos votantes cada vez más descontentos con el establishment. Efectivamente, por mucho que los partidos tradicionales nieguen la mayor, este hecho se está dando en España o en Italia, por mencionar algunos ejemplos cercanos. La larga enfermedad del centro-izquierda, unida a la menos estudiada preocupación del centro-derecha por perder votos a favor de la extrema derecha, desencadenan una búsqueda de soluciones perimetrales. La sensación de que la prometida regeneración democrática nunca llega o de que las recetas aplicadas a los problemas comunes son muy similares gobiernen unos u otros, es real y generalizada. No es necesario que nadie nos lo demuestre con fríos y aburridos datos empíricos, sobre todo porque la Política tiene más de emocional que de racional.

El votante que se situaba en zonas céntricas de la playa parece estar cansado de promesas incumplidas o de fórmulas reiterativas y castiga a los que considera representantes y culpables de todos sus males. Por si fuera poco, esta mayoría silenciosa, en el pasado objeto del deseo de unos y otros, se está viendo despreciada por los discursos periféricos. Esta desafección, repliegue a los márgenes del espectro político, consecuencia lógica del cansancio, paradójicamente está derivando en una movilización rápida y peligrosa, efectista y apetecible, sencilla y de consumo rápido. Algunos heladeros han comenzado a simplificar el mensaje, de un modo maniqueo y estereotipado, que solo pretende hacerse con el poder culpando a los demás de todo. La polarización de los votantes en países como Hungría, Holanda o Polonia son claros ejemplos de este fenómeno, unido a las incertidumbres económicas, laborales, identitarias y tecnológicas de los próximos años y a una imparable globalización, facilitan la permeabilidad de discursos tan sencillos como irreales.

Tengamos cuidado con lo que deseamos no vaya a ser que se cumpla, como Midas, que tuvo que rogar la pérdida de su don. Y tengan más cuidado aún con los partidos y con los líderes que antepongan su acceso al poder a todo lo demás.