La Rioja

El final de las encuestas

Las encuestas, cuando menos las encuestas electorales, están cayendo en picado. En los últimos años habían estado en el centro de la vida política: proporcionaban titulares en la prensa, contribuían a la estrategia de los partidos y, por supuesto, atendían el morbo de la gente. Eran como verdaderos oráculos. Muchas veces influían en la opinión pública más que los programas, mítines y declaraciones. Pero tal parece que esto está llegando a su final.

Han sido muchos los descalabros en los pronósticos como para que se las siga teniendo en cuenta. Su prestigio está por los suelos. Aparte de fracasos resonantes como el del 'brexit', la elección de Donald Trump o el referéndum en Italia, son muchos más los que han contribuido a hundir su credibilidad. En España sin ir más lejos llevan años sin acertar en los pronósticos ni siquiera por casualidad.

Hacer una encuesta con las garantías exigibles es caro. Aujourd'hui, uno de los periódicos de mayor difusión en Francia ha anunciado que no encargará más. Seguirá haciéndose eco de las de otros, porque al fin y cabo siguen proporcionando noticias, pero propias, no. Y lo hace en un momento en el que el interés preelectoral en Francia es enorme.

No deja de ser sorprendente y lamentable que con tanta frecuencia los partidos encarguen encuestas para consumo interno, las guarden en el más absoluto secreto y en cambio aprovechan las que les resultan más útiles para su propaganda. Igual que sería sorprendente, si no estuviésemos ya habituados a los sesgos que a menudo tanto responden a los intereses o conveniencias de quienes las financian.

Esto no quiere decir que las encuestas en su espectro más amplio no sean necesarias e interesantes. Bien planificadas y bien ejecutadas aportan indicadores valiosos. El desprestigio que sufren viene de su incursión en la actividad política y en algo tan secreto y cambiante como es la intención de voto. Últimamente han proliferado tanto que la impresión es que algunas han descuidado el rigor tanto en las muestras como en el análisis de los datos. Pero quizás existan otras razones. Los cambios que se están produciendo de manera tan acelerada en todo el ámbito de la comunicación, con la influencia creciente de las redes sociales, es probable que no esté siendo acompañado por la evolución de las técnicas y principios con que se realizan las encuestas. Los institutos dedicados a explorar la opinión colectiva y a vaticinar sus efectos deberán ser los primeros en recapacitar.

Hasta ahora apenas se han limitado a destacar sus contados aciertos y a buscarles explicaciones cogidas con alfileres a los fracasos. Se echa de menos el sentido crítico que cuando se trata de otros asuntos investigan y evalúan. Las encuestan tienen mucho de estudio sociológico, que siempre es susceptible de apreciaciones y cambios, pero también incluyen un manejo de componentes cuantificables que tienen que ser muy solvente.